Y ASÍ FUE
Pepe Gómez Díaz
El color del
cielo se fue tornando de un violeta tenue
cuando el primer sol del planeta era engullido por el creciente
horizonte. Casi sin transición, todos los aficionados a la astronomía fueron
sacando sus telescopios electrónicos de rayos para intentar descubrir a través
de la sempiterna bruma que siempre entoldaba el cielo, aquellos puntitos
brillantes que sus ancestros habían bautizado con el poético nombre de
estrellas. Ellos, sus antepasados, habían tenido la suerte y a la vez el horror
de estar en la Gran Final.
Habían visto
como día a día la estrella roja se iba acercando a la Tierra de manera
inexorable; con un movimiento continuo y sin pausa. Como si el planeta hubiera
sido un tope de un péndulo de Foucault,
la gran estrella de color fuego
amenazaba desde hacia varios siglos con derribarlo y acabar con la vida en él
depositada.
Hubo noticias
contradictorias, libros de personajes que solo querían llenar sus arcas, avisos
de catastrofistas pseudo astrónomos que veían cerca, muy cerca el final del
Universo. Pero no fue así. Al principio cuando las televisiones de plasma
retransmitían las múltiples inundaciones, las lluvias torrenciales, los
incendios pavorosos, mezclados con el terrorismo que ejercía cierta parte de la
sociedad terrena, nadie echaba cuentas, nadie se preocupaba, nadie veía un
palmo más allá de sus narices.
Sólo los
“depredadores”de mentes, los asaltantes de ideas ajenas, los creadores de
miedo, los que se lucraban a costa de los débiles de espíritu, sabían manejar
las cuerdas para que la raza humana siguiera siendo un rebaño pacífico al que
llevar al matadero. Todo era ambición. Dinero. Riqueza. Poder.
Antonio
encendió el láser-guía de su flamante telescopio de plasma integrada, y se
dispuso cómodamente a intentar, un día más, localizar a través de aquella
especie de niebla londinense, “puré de guisante” que decían los antiguos
habitantes de las desaparecidas Islas Británicas, una mítica nebulosa que antaño era la preferida de los astrónomos
aficionados de todo el planeta: la llamada M-42 o nebulosa de Orión. Según decían las crónicas terrestres era la
reina del invierno en las regiones del norte del planeta.
Llevaba solo
media hora de observación, mirando una especie de filamentos más o menos
brillantes que se reflejaban en la negra pantalla, cuando el cielo empezó a
teñirse de un color rosa malva, y un astro doble empezó a subir horizonte
arriba a una velocidad inusitada. Era la segunda estrella de Zeltoc, su segundo
sol, cuyo día solo duraba setenta minutos. Antonio apagó el láser-guía del
telescopio y se dispuso a anotar en su
cuaderno electrónico la crónica diaria de una observación visual rutinaria y
sin resultado. Quedo mirando la doble estrella Miris que de una manera rauda
iba a entrar muy pronto en contacto con el horizonte en busca de su ocaso, haciendo que de nuevo el cielo fuera violeta
tenue hasta que Arctos, su primer sol saliera en la mañana.
La colonia volvería entonces a su cotidiana vida y los telescopios de rayos serian guardados hasta la primera noche del planeta. Después todos buscarían incansables un objeto, una constelación, una estrella, a través de la bruma siniestra y pesante, que le dijera como fue el cielo nocturno de la Tierra, de su amado planeta, antes de que fuera destruido por la tercera guerra mundial.