VIAJE A EUROPA
Nera González Romero
Cristine no podía dormir. Estaba demasiado nerviosa. Mañana viajaría a Europa con su abuela. Su abuela, en la habitación contigua, tampoco podía dormir. Aquel viaje era suficientemente importante como para pasar la noche en vela mirando las estrellas.
Seis manzanas más allá un perro ladró en el jardín. Arthur le pasó un brazo por encima y le susurró “serán sólo dos semanas.”
“Sam, ¿has cogido la cámara de fotos?” dijo adormecida Shally a su marido. “Sí, cariño, ya está todo el equipo en la maleta.”
Ian también estaba desvelado repasando mentalmente su maleta. Recientemente se había aficionado a la astronomía. Quizás debería sacar algún libro para aligerar el equipaje, siempre era muy optimista con el tiempo libre.
Oscar y Patty volarían la mañana siguiente en su viaje de luna de miel. A ella le hubiese gustado más ir al Caribe, pero él soñaba con aquel viaje desde que era un niño.
Ethan, el piloto de la nave, no estaba nervioso. Sabía que se despertaría cinco minutos antes de que sonara el despertador para no despertar a su esposa y la rutina le diría cómo llegar a la ducha o dónde encontrar la maquinilla de afeitar, para salir veinte minutos después, tostada en mano, hacia el aeropuerto.
En cambio, Alice se había acostado sin ninguna esperanza de conciliar el sueño. Mañana era su primer día de trabajo.
La mañana despertó con un sol radiante. Era buena época para observar el sol, había tormentas solares, pensó Ian en el taxi que le llevaba al aeropuerto.
“Alice, pruébate este uniforme” le dijo el jefe de azafatas.
Sam leía el periódico en la cafetería. Shally desayunaba enfrente, y miraba por la ventana como una chiquilla ayudaba a salir a su abuela del taxi. “Abuela, vamos, rápido”, apremió Cristine. “Los pasajeros de primera clase pueden embarcar por la puerta E7” dijo una voz. Arthur dio el último sorbo de café amargo y se levantó.
Ethan llamó desde la cabina a su tripulación. “Bienvenida, señorita Alice, me han informado de que es usted es
licenciada en astrofísica. No es muy habitual encontrar personas con dichas
inquietudes en esta profesión.” Alice se sonrojó. “Si quiere puede permanecer en la cabina durante el despegue, podrá ver
cómo nos alejamos de
Se empezó a oír el ronroneo de los motores. Cristine agarró la mano de su abuela sin dejar de mirar por la ventana. Ian contó mentalmente, diez, nueve, ocho, siete… intentando adivinar el instante del despegue. Shally cerró los ojos ligeramente mareada. Ethan sintió la progresiva aceleración de los motores: “tres, dos, uno, cero… ¡Hemos despegado!” dijo con un matiz habitual en su voz, sin creer demasiado en que aquella nave fuese capaz de volar, por mucho aeronáutico que la hubiese firmado. Alice sonrió al percibir ese matiz de desconfianza.
Cristine apretó la nariz contra el cristal. “Abuela, mira, nos alejamos de
Arthur miró por la ventana cuando oyó decir a una niña que la tierra se estaba alejando. Qué bobadas les enseñaban a los niños en el colegio, él sólo intuía la forma de la costa. En unos minutos, las azafatas pasarían ofreciendo algo de beber. Necesitaba un whisky, era un viaje largo.
Oscar ya se había quedado dormido. Era increíble, iban a Europa para cumplir su sueño… y ya se había quedado dormido. Patty no estaba segura de si se había dormido antes del despegue. Adiós al moreno sexy del caribe, pensó mientras abría la guía con resignación.
Sam leía una revista sobre Europa. El circuito que se proponía en el artículo principal era realmente impresionante. A él y a Shally les gustaba la montaña y habían escalado en hielo en alguno de sus viajes. Sintió impaciencia por llegar y ver aquellos paisajes con sus propios ojos.
“No señor, en este vuelo no están permitidas las bebidas alcohólicas”, dijo Alice. “¿Y tienen alguna bebida que no se tome con pajita?” Arthur odiaba los brick de zumo desde que había adquirido la patente del TetraBrick, le parecía un sistema poco glamouroso. “No señor, son normas de la compañía”, contestó Alice. Arthur pensó en restringir ese contrato en cuanto pisara tierra.
Ian estaba leyendo uno de sus libros cuando Alice le preguntó si quería tomar algo. Pidió un zumo de tomate. El movimiento browniano de las pepitas de pimienta le hizo preguntarse una vez más por el origen del universo. Aunque pensándolo bien, casi todas las cosas cotidianas le hacían preguntarse por el origen del universo.
“Cristine, deja de jugar con la
comida”, le regañó su abuela recogiendo un guisante de su blusa. “Abuela, no es culpa mía, la comida se
escapa cuando no la sujeto” replicó Cristine. “Cariño, coge bien los cubiertos, así tu comida no volará por encima de
la gente.”
Patty había terminado de leer la guía. Y no era precisamente lo que ella se esperaba. Las fotos en blanco y negro habían contribuido a que se formase una idea de un lugar viejo y desolado. Y siempre llovía. La diversión favorita de los locales era ir a patinar sobre hielo. Aquel viaje era la antítesis del sol del caribe. Oscar se desperezó. Patty no parecía de buen humor. Debería haberse despertado sigilosamente, pero ya era tarde para eso, ya había llamado su atención y clavaba sus negros ojos sobre él sin ningún atisbo de piedad. Oscar empezó a hablarle de Europa, su historia, sus gentes y sus costumbres, su descubrimiento y sus leyendas, hasta que contagió a Patty con su sueño.
Sam tenía un libro abierto sobre las rodillas. Levantó la cabeza al darse cuenta de que hacía unos minutos que había dejado de leer. Había estado escuchando distraídamente las típicas anécdotas de guía que Oscar contaba. La habilidad narrativa de aquel chico era indudablemente impresionante, pero sus conocimientos sobre Europa eran difusos e inconcretos. Sam era oceanógrafo y se estaba mordiendo la lengua educadamente ante tanta inexactitud.
Cristine miraba la luna: “realmente parece más grande que desde casa”, pensó justo antes de quedarse dormida. Shally pidió una manta a la azafata. Ian empezó a contar estrellas. Sabía que se dormiría antes de contarlas todas.
Una voz les despertó. “Buenos días, señoras y señores. En breves minutos aterrizaremos en Europa. Recuerden que son las cinco y cuarto, hora local, si bien estamos en la cara diurna. El procedimiento de aterrizaje comenzará con un despliegue de paracaídas central cuando entremos en la atmósfera. A continuación se hincharán los airbag de aterrizaje. Rogamos suban las mesas auxiliares y comprueben sus cinturones. Les recordamos que en aeropuerto espacial CASSIOPEA tienen a su disposición tiendas de alquiler de trajes espaciales y agencias de viajes especializadas. Gracias por volar con nosotros y disfruten de su estancia en la luna[1].”[1] Europa es una de las lunas de Júpiter, la
menor de las cuatro descubiertas por Galileo. Su composición es principalmente
de rocas silíceas. En su superficie tiene una delgada corteza de hielo de agua,
bajo la cual hay océanos de hasta