UNA SOMBRA EN ALEJANDRÍA

Luis Alonso González




El sol abrasa y el viento arrastra un aire cálido hasta el rostro de Eleazar. Camina despacio, se diría que con esfuerzo, mientras su ciudad natal Alejandría se alza imponente como si nada ocurriese. Se dirige hacia la gran biblioteca donde ha sido llamado por su amigo Eratóstenes con gran misterio. Uno de los vigilantes le saluda y nada más entrar en una de las primeras estancias un flamante frescor recorre su cuerpo. Al otro lado se encuentran las salas donde los copistas no pueden ser molestados, pero el atraviesa por una amplia estancia donde suelen celebrarse las comidas de los hombres sabios y los empleados. Mientras camina, lo observa todo. No deja de impresionarle la grandeza de este edificio repleto de papiros, escritos y sabiduría. Relativamente cerca se encuentra la biblioteca pero el se dirige a una de las diez grandes piezas, cada una dedicada a una disciplina. En una de ellas le espera su amigo. El día anterior un empleado de la biblioteca le ha hecho llegar su mensaje: “ven a verme Eleazar, tenemos que hablar. Te espero en la sala del gran ventanal al mediodía. No faltes.”

Eleazar entra pausadamente, avanza unos metros y lo encuentra con la mirada. Esta de espaldas, pensativo, apoyado en un pequeño banco. No se ha dado cuenta de su presencia y su primera palabra, aunque suave, le sobresalta.

Eratóstenes amigo....

Perdona Eleazar, no te había visto.

Un pequeño silencio se hubiese producido entre ellos pero la mudez de la sala lo hace imposible.

Te preguntaras supongo, porque te he llamado.

Debo reconocerte que si y espero que no sea para nada aciago.

No te preocupes, no es nada malo. Pero siéntate, Eleazar, siéntate.

Eratóstenes se sienta primero y hace un gesto a Eleazar con la mano para que haga lo mismo.

Escucha Eleazar lo que voy a contarte pues he de pedirte un gran favor y solo en ti puedo confiar.

Escucho amigo y no dudaré en ayudarte si esta en mi mano.

Ya sabes que son muchas las disciplinas a las que me dedico y muchas las horas que paso entre estas paredes desde que vine de Atenas para educar a los hijos de Ptolomeo y hacerme cargo de la gran biblioteca de Alejandría. Pero hace unos meses revisando unos papiros encontré uno que llamó mi atención. En el pude leer como en el fuerte ubicado en la frontera del reino de Egipto, en la ciudad de Syene, cercano a la primera catarata del Nilo, al mediodía del solsticio de verano el agua de los pozos se puede observar y como los postes verticales no emiten ninguna sombra.

Eratóstenes suspiró y observó a su amigo.

-     ¿Sabes cuando fue solsticio de verano?- preguntó -.

 Hace ya bastantes días. – contestó Eleazar.

 Efectivamente. Pero ese día estuve paseando por la ciudad y los obeliscos     aun daban sombra al mediodía.

Eleazar observó con curiosidad a Eratóstenes.

        No quiero aburrirte con mis explicaciones, amigo, pero solo he encontrado una explicación lógica a este suceso y esa explicación es que la Tierra no es plana.

Eleazar abre los ojos y su rostro deja escapar un gesto de sorpresa.

 
Cuéntame Eratóstenes algún otro detalle de tal conclusión y no me hagas sufrir.

Veo que tu curiosidad sigue siendo formidable, lo cual es para algunas cosas una gran virtud aunque en otras ocasiones te haya causado graves inconvenientes.

Eleazar se sonríe recordando algunas anécdotas poco recomendables por haber metido las narices donde no debía.

Syene se encuentra en el mismo meridiano que nuestra ciudad Alejandría. Solo puedo pensar, que los rayos solares debido a su lejanía llegan paralelos a la Tierra y el distinto comportamiento de las sombras, me hace sospechar que la Tierra no es plana. Estos días, antes de hacerte llamar, he estado calculando el ángulo que formaba una estaca que clavé ese día a la hora del mediodía con respecto a la longitud de la sombra que proyectaba.

¿Y cual fue el resultado, amigo?

El resultado es solo un número vacío sin tu ayuda. Son unos siete grados.

Al fin llegamos a la causa de mi presencia hoy aquí.

Eratóstenes puso su mano sobre el hombro derecho de Eleazar y le miro a los ojos.

 Necesito que midas la distancia entre Alejandría y Syene.

¿Cómo voy a hacerlo?.- el gesto de sorpresa de Eleazar fue aun mayor.

Caminando por supuesto, caminando.

¿Bromeas Eratóstenes?

En absoluto. Contaras tus pasos y los transformaras en estadios. Sin esa medida no podré calcular la circunferencia de la Tierra y todo lo que he realizado hasta ahora será inútil.

La verdad, no esperaba algo así.

Eleazar amigo, la medida ha de ser lo más correcta posible y tan solo puedo confiar en ti para esto. Te pagaré por supuesto todos los gastos de este viaje que tengas y quieras pedirme aunque nunca podré pagarte el favor.

 Eleazar quedó en silencio mirando a los ojos a su amigo.

El favor esta ya devuelto de antemano. Tu confianza en mi es la mayor prueba de amistad que podría esperar...

 Ambos se abrazan en la gran sala bajo la luz del gran ventanal. Cuando se separan a Eleazar le brillan los ojos pero Eratóstenes tiene que borrar las lágrimas de sus ojos con el dorso de su mano.

 Partiré en cuanto prepare el viaje. – consiguió articular Eleazar.

Te esperaré impaciente.- respondió el maestro.

Eleazar recorre la gran biblioteca en sentido inverso con el corazón en un puño, aunque ni el mismo, puede suponer la importancia de lo que va a hacer.

Una vez fuera, el sol golpea con fuerza su rostro dejándole ciego por un momento. Se dirige a su casa, pero en seguida se vuelve. Acaba de recordar que la distancia desde su casa hasta la biblioteca es de aproximadamente un estadio, así que vuelve a la puerta por la que había salido y el vigilante le observa con curiosidad.

 Haré pasos cortos, piensa. Pasos cortos para un largo viaje...

 Y comienza. Cuando llega a su hogar lleva contados trescientos catorce pasos. Eleazar conoce ya, cuantos de sus pasos son un estadio.

Descansa. Y mientras lo hace, sueña. Sueña con su largo viaje, Nilo abajo, que durará meses. Acabará agotado, si; pero su amigo se lo ha pedido. En otro punto de la cuidad, Eratóstenes tiene un sueño distinto. Ya no sueña con averiguar la longitud de la circunferencia terrestre, no; sueña con calcular la distancia que hay al Sol y a la Luna.

Lo que ambos desconocen es que se cumplirán sus sueños. No importa la exactitud de los mismos porque sus cálculos serán acordes a sus medios. Eleazar volverá para decirle al bibliotecario que la distancia a Syene es de unos cuatro mil novecientos estadios; y Eratóstenes se aproximará tanto en el calculo de la circunferencia terrestre al real que será recordado por todas las generaciones futuras de la humanidad. Eleazar hizo bien su trabajo.

Eratóstenes cumplirá también el sueño de hoy y marcará en estadios la distancia al Sol y la Luna.

         Pero ellos aun no lo saben y la noche cae sobre Alejandría, mientras las estrellas invaden su cielo haciendo guiños de sabiduría eterna.

      



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