Hay momentos en la vida en los
que viajas a través del tiempo hacia el pasado. Lugares, personas o situaciones
que te recuerdan algo que ya has vivido. Pero quizá sean los olores los que más
capacidad tengan para destapar el baúl de los recuerdos. Cuando salí esta
mañana de casa con rumbo a la sierra de Madrid no esperaba encontrar nada
especial, simplemente pasar un fin de semana agradable con unos amigos en una
época en la que la capital es casi una ciudad fantasma. Todo transcurría más o
menos como habíamos previsto hasta que una tormenta de final de verano truncó
el paseo que habíamos planificado. Afortunadamente no habíamos comenzado a
caminar, porque un chaparrón de ese calibre nos habría regalado un resfriado a
cada uno. El olor a pan de pueblo fue el que nos salvó de las inclemencias del
tiempo, ya que no pudimos resistirnos a la tentación de parar a tomar algo
antes de emprender la marcha. Todos cruzábamos los dedos para que la observación
nocturna que había preparado nuestro experto maestro no se fuera también a
pique, pues era el motivo fundamental de nuestro encuentro. A veces, después de
una tormenta queda un cielo muy despejado y limpio de contaminación.
Así que nos encontrábamos en una
cafetería de Cercedilla, un sábado de agosto, sin poder salir a pasear pero sin
ganas de volver al calor sofocante de la metrópoli, por lo que decidimos
quedarnos allí hasta el día siguiente. Para ir matando el tiempo, algunos
empezaron a relatar cómo y cuando les había empezado a interesar la Astronomía:
Julia tenía un hermano mayor al que habían regalado un telescopio por su
cumpleaños; Virginia conoció en Munich a un científico del Observatorio Austral
Europeo con el que pasaba horas observando el cielo; Javier tuvo un profesor en
el colegio que le transmitió su afición por la Astronomía… El madrugón diario
para ir a trabajar, añadido a las horas de salidas nocturnas robadas al sueño, hicieron
que lentamente cayera en un estado de estupor.
Olores. Ese olor a tierra mojada
mezclado con el de pan recién hecho me transporta a un sitio conocido: al
pueblo al que iba cuando era pequeña. Cuando llueve tanto, mi abuelo pone unas
tablas cruzadas en la puerta de la casa para que no entre el agua. Los truenos
hacen retumbar la casa entera, parece que los cristales van a estallar, la luz
de los relámpagos transforma las caras en rostros fantasmagóricos. Pero poco a
poco la tormenta se desplaza y abandona el pueblo. Sacamos unas sillas a la
puerta de casa como todas las noches de verano, para charlar con los vecinos.
-Esta noche
hay que abrigarse un poco, porque ha refrescado – me dice mi abuela, mientras
me pone una chaqueta.
-Mira,
abuelo, de puntillas ahora puedo tocar las estrellas. La lluvia las ha bajado
un poco.
No sé porqué, pero todos se están
riendo. Será que están contentos porque también ellos las pueden tocar. Acabo
de ver una estrella que se ha caído del cielo. ¡Y la he encontrado!
-Mirad
aquí, la estrella que se ha caído del cielo está aquí, brillando entre las
hojas.
Mi abuelo se acerca y me dice:
-No
es una estrella, es un bichito que se llama luciérnaga, que brilla mucho por la
noche.
-Y
entonces ¿dónde está la estrella que se ha caído? –pregunto.
Todos se quedan mudos y no saben qué
contestarme.
-Tendrás
que preguntarle a tu tío José, que sabe mucho de estrellas. Hasta tiene un
telescopio y todo....
Creo que fue entonces cuando me
empezó a gustar la Astronomía, por supuesto gracias a él. Cuando me dijo que
algunas estrellas tenían nombre, como la estrella polar, Altair, Deneb,
Regulus…, quise aprenderlos todos. Me quedé boquiabierta mientras iba observando
en el planisferio las constelaciones y las buscaba en el cielo. Me parecía que
era tan difícil… Y el punto culminante fue cuando me dejó mirar la Luna por el
telescopio. No salía de mi asombro al ver los cráteres que quedan en el borde,
resaltando sobre el telón de oscuridad…
Oscuridad que fue desapareciendo
paulatinamente hasta que fui consciente de que me había quedado traspuesta; olía
a café recién hecho y era de día. Un día de esos asombrosamente despejados tras
una tormenta con nubes casi negras que impiden ver el firmamento. Así que
tuvimos la suerte de poder observar con el telescopio los satélites de Júpiter,
estrellas dobles, alguna galaxia y, a simple vista, varias estrellas fugaces a
las que pedir algún deseo que otro expresado en silencio: “quiero volver a
tocar las estrellas”.