Por última vez vio como alguien cogía una pipeta, tomaba
unos microlitros de la muestra que había preparado, y la depositaba en otro
tubo. Miró el póster del cielo que había en la pared, y se acordó de que se
iba. Él ya no tenía nada que ver con el proyecto, le habían trasladado. Lo
había pasado bien, pero acabaría por sentirse atrapado en una jaula, después
de tantos años trabajando bajo el mismo
techo, sobre el mismo suelo... En algún momento tenía que trabajar en otra
parte. ¿Y qué mejor que un trabajo de campo?
Embarcó por primera vez en la nave. No era tan reluciente
como había visto alguna vez en las imágenes de la televisión que había en el
laboratorio, ni tan grande. El tanque de combustible era grande. El habitáculo
no. No era tan pequeño como los antiguos, en los que la gente apenas tenía
libertad de movimiento, pero no era una mansión. Tampoco lo esperaba.
Por primera vez sintió la ingravidez. Era mucho más incómodo
de lo que había imaginado. Las veces que se había metido en el agua se había
sentido muy bien: todos los músculos del cuerpo descansaban, estaba en un
estado de relajación absoluta. Antes de bañarse tenía que recordar que no debía
intentar realizar movimientos rápidos, pues allí dentro no lo iba a conseguir.
Al principio fue lo que más le costó, pero tras unas pocas sesiones, supo que
debía asumir que formaba parte de una película a cámara lenta, y por eso no debía
tener prisa.
Pero en la estación debía volver a entrenarse mentalmente,
porque, aunque creía haber superado esa tendencia a la velocidad y a la
impaciencia, allí se introducía un factor con el que no había contado: no había
agua sino aire. Así que cada vez que intentaba moverse ayudándose del medio,
iba mucho más despacio de lo que se esperaba, y otra vez llegaba la
impaciencia. “Tranquilidad”, pensó. “Aquí va todo todavía más despacio que bajo
el agua”.
No duró mucho su estancia allí. Lo
justo para acostumbrarse
a la ingravidez, a una comida que se parecía a la que
normalmente le daban en el
comedor, y a las bebidas liofilizadas y rehidratadas. No estaban tan
malas, al
fin y al cabo. Los del laboratorio se dedicaban a la producción
de los
alimentos que luego enviaban al espacio, y muchas veces él los
probaba; sabiendo
lo que llevaban, no se hacía tan desagradable.
Se encontró de pronto en otra nave. Debía de haberse quedado
dormido (tendían a sedar a la gente antes de los viajes largos), y le habían
trasladado con su cama y todo su equipo. Era algo rutinario, pero le dio rabia,
porque habría preferido estar consciente durante el embarque y despedirse por
última vez de la Tierra. Y pensó que sería por última vez, no porque no tuviera
la posibilidad de regresar, sino porque a la gente le gustaba tanto aquello que
nunca más volvía. Eso era lo más sobrecogedor de la era de la colonización
espacial.
Durante los cinco meses de viaje tuvo la oportunidad de
conocer a todos los miembros del pasaje. Afortunadamente, todos eran
conscientes de que cinco meses sin salir de allí ponían de los nervios a
cualquiera, así que todos hacían por evitar los roces de manera muy visible.
Cuando iba a comenzar una disputa (normalmente por asuntos de lo más triviales),
se daban cuenta y se marchaban un rato, cada cual por su lado; después se
volvían a encontrar, se sonreían, y se forzaban a ellos mismos a olvidarse del
sucedido. Como si no hubiera pasado nada.
También tuvo tiempo de pensar en todos los años pasados,
pero no pensaba en ellos con nostalgia. Su vida en la Tierra había estado bien.
Pero había tantas cosas que descubrir ahí fuera... Probablemente no hiciera
ninguna contribución importante a la ciencia a partir de ahora, pues con los
medios de los que se disponía en otros planetas era muy difícil; cualquier cosa
que encontraran tendría que enviarse al planeta del que procedían todos ellos (de
momento; había rumores de que ya se habían producido los tres primeros embarazos
extraterrestres), y lo examinarían allí.
Y aún así, sabiendo que no podría dedicarse a lo que había
estado haciendo hasta ahora, sentía una emoción desbordante. Iba a conocer todo
lo que habían estudiado en el laboratorio, y todo el objetivo de su
entrenamiento, por primera vez.
Ya quedaba poco. Se preguntó si encontraría vida extraterrestre
en el planeta. Pero inmediatamente dejó de preguntárselo. Si no la habían
encontrado los centenares de sondas que se habían puesto en marcha, él no iba a
ser el primero en encontrarla. ¿Por qué, con la cantidad de moléculas orgánicas
que había en el universo, no había aparecido ninguna otra forma de vida?
Probablemente fuera casualidad, pero esas casualidades eran las que hacían que
uno se planteara la existencia de un dios. O quizá dios era la representación
de la casualidad para algunas culturas.
La estación en órbita sobre Marte se acercaba a ellos. Mejor
dicho, ellos se acercaban a la estación. Esta vez sí estuvo despierto para
decirle hola al planeta. Y después se durmió.
Cuando despertó, estaba amarrado a la pared trasera de su
módulo de descenso. Iba a pisar el suelo rojo por fin. Con ese pensamiento,
volvió a cerrar los ojos.
Al abrirlos otra vez, se vio en una habitación no muy
distinta a la que tenía en la Tierra. La gente iba muy rápido de un lado para
otro. O quizás lo que sucedía es que ya se había acostumbrado a la vida lenta,
y eso simplemente era la velocidad normal de la gente que vivía con gravedad (aunque menor)
y estaba acostumbrada.
Después de unos días de rehabilitación, de adaptación a la
gravedad, y de un cursillo acelerado de recuerdo de las condiciones de vida de
allí, salió. El Sol parecía lejano, y las dos lunas, no tan vivas como la de la
Tierra. Pero le gustó el cielo de allí. Era... acogedor. Durante el día era un
lugar extraño y misterioso, pero por la noche miraba las constelaciones y eran
iguales que en el póster al que tantas horas había mirado. Las estrellas seguían
allí.
Los primeros colonos habían hecho del planeta un sitio
cómodo. Debajo de cada complejo de cúpulas transparentes habían construido todo
lo necesario para vivir, incluyendo parques con flores y árboles que ya habían
crecido lo suficiente como para darle un toque vivo y cálido a las modernas
instalaciones. Allí, junto a esos árboles, quería vivir él.
Se subió al árbol más alto y frondoso del parque, con cuidado
para no caerse, pues después de cinco meses de ingravidez sus patas se
encontraban débiles todavía. Encontró un hueco, se acurrucó, se tapó con la
cola, y se durmió.
Y mientras se dormía, pensó. Había dejado todo atrás; ya no
podría contribuir a la ciencia. Ya no llegaría a ser nadie importante. Probablemente
no volvería a ver a toda esa gente del laboratorio que le había cuidado y con
la que había compartido su tiempo. Habían llegado a hacer, incluso, que se
ilusionase por formar parte de un proyecto que todos consideraban importante
para la humanidad. Les debía mucho, y le había apenado tener que dejarles.
Pero eso ahora le daba igual. Porque era una de las primeras
ardillas que poblaban aquel planeta. Y eso le hacía feliz.