MÍO Y SÓLO MÍO

Raúl älvarez San Juan



Rafael llevaba unos minutos preocupado delante de la pantalla del ordenador. Había visto un punto que parecía moverse al cabo de unas horas, y encima no era puntual, era ligeramente borroso. Y lo que era peor: no aparecía en ningún catálogo, ni se correspondía con ningún otro objeto conocido.

Parecía que había encontrado un nuevo cometa.

 Rafael Casabella vivía en Cigales, en las afueras de Valladolid. Tenía 30 años y hacía un tiempo que había abandonado sus estudios, asqueado por la carrera que había escogido, así que aceptó un puesto como gerente en una bodega. Ése trabajo le daba una libertad que hasta ahora no conocía: le permitía vivir en el campo, lejos de todo el mundo, sólo, dedicado a sus aficiones aparcadas tras muchos años de sinsabores académicos, como pegarse largos paseos por el monte, buscar setas, o de noche mirar el cielo. Precisamente una antigua pasión juvenil abandonada, la Astronomía, le permitió sacar ese talento científico que nunca había explotado, pero que indudablemente siempre tuvo, a pesar de todos sus fracasos en los estudios. Se volcó en estudiar en sus ratos libres todo aquello que la Astronomía aficionada le brindaba para dar rienda suelta al investigador que llevaba dentro. Poco a poco refrescó sus conocimientos, y amplió otros nuevos: astrofotografía, astrometría, fotometría... Comenzó a colaborar con otros aficionados a través de internet, de los que aprendió mucho, y con los que podía compartir sus resultados de una manera que no estorbara su casi obsesiva soledad. Fue así como conoció a Juan Luis.

Juan Luis Agüera tenía sólo 24 años, era el hijo único de un matrimonio ya mayor, y había vivido toda su vida en Fuente el Fresno, un pueblo de Ciudad Real. Su padre tenía algunas tierras de olivos, pero murió siendo él aún adolescente, así que se tuvo que resignar ya desde joven a trabajar en el campo y a cuidar a su madre. Él hubiese preferido salir de su pueblo y hacerse una carrera estudiando Físicas, Informática, o alguna especialidad técnica. Siempre fue el mejor de su clase, pero la vida es la que es y le tenía preparada esa desagradable sorpresa. Así que cuando el trabajo en el campo le dejaba, sacaba su capacidad innata para programar, cacharrear, acoplar cualquier tipo de aparatos unos con otros... Desde hacía unos cuatro años dedicaba sus noches a la Astronomía de una manera aficionada, pero muy seriamente, como una forma de aplicar su enorme inventiva, y así poder conocer a otras personas con inquietudes similares. De todas formas aún conservaba un cierto complejo de inferioridad, por cuanto otros amigos suyos sí que habían dejado el pueblo y habían podido estudiar aquello que les gustaba. Él y Rafa conectaron bien, hasta donde se podía conectar con el huraño de Rafa, porque no hablaba de su vida privada si no era realmente necesario. A pesar de eso, Juan Luis era mucho más sociable e intentaba sonsacarle todo lo que podía sobre su vida, primero por correo y luego por teléfono: que si qué tal con las mujeres, que a ver si podemos vernos en alguna reunión astronómica, y montamos una juerguecilla... pero a Rafa sólo le interesaba mejorar su equipo y sus métodos de trabajo; si acaso alguna vez dejaba caer algo de su aburrida vida (aburrida para los demás, Rafa estaba bien contento con ella aparentemente). En el fondo tenían muchas cosas en común, como su vida en el campo o sus respectivas frustraciones con los estudios, y Juan no se sentía tan minusvalorado con Rafa como con otra gente, aunque eso no eran más que imaginaciones suyas. Pero con Rafa se sentía más a gusto, tanto que a pesar de no haberse visto nunca en persona habían decidido plantearse un reto personal: embarcarse en el desarrollo a distancia de un proyecto bastante ambicioso para dos aficionados como ellos. Se trataba de un sistema automático para comparar medidas e imágenes de una misma zona del cielo, en distintos momentos, con el fin de identificar posibles objetos nuevos en ellos. Y estaban precisamente probándolo la noche en que Rafa creyó ver algo.

 Sí, era un punto, y parecía borroso. Y el programa decía que se movía, aunque las imágenes eran tan recientes y tan seguidas que no podía asegurarlo a ciencia cierta. Decidió llamar corriendo a Juan Luis:

-¿Juan? Soy yo. Mira bien en la última foto del campo estelar. ¿Ves algo?

Juan Luis contestó con cierto nerviosismo.

-¿Tú también lo has visto? Eso no casa con ningún objeto de ningún catálogo. ¡Tío, mira que si hemos encontrado algo...! Con lo chungo que es encontrar algo nuevo sin que te lo pise un observatorio automatizado de estos enormes. Y parece que no es puntual.

-Tranquilo, Juan, tranquilo. No podemos lanzarnos a mandar nada sin saber con seguridad que es algo nuevo, que no sea un reflejo o algo así.

-Pero hombre de Dios, tú imagínate que encontramos algo. ¡Un cometa!. Nuestro nombre irá unido con él para siempre. Que es el único tipo de objeto que lleva el nombre de su descubridor...bueno, descubridores.

-Ya, hombre, ya... ¿Y si no lo es?. ¿Y si es una galaxia ya conocida?. Que no, que no podemos hacer el hazmerreír. Vamos a asegurarnos, y a tirar más imágenes del campo, a ver si se mueve realmente.

Juan se quedó un rato callado.

-Bien, tienes razón. Será mejor que nos callemos y lo miremos con calma. Son las 00:20, dejo esto tomando fotos y procesando. ¿Te llamo en cinco horas?.

-Me parece bien. Vamos a ver si lo confirmamos, y si es así, mandamos un correo a donde corresponda.

 Colgaron.

 Rafa se quedó mirando la pantalla, pensando en lo que había dicho Juan Luis. “Nuestro nombre irá unidos con él para siempre”. Siguió mirando un rato la pantalla, y cuanto más la veía, más seguro estaba de que ése era un nuevo cometa. Lejano aún, pero un cometa. Empezó a hacerse ilusiones....¿y si ese cometa resultaba acercarse al Sol lo suficiente como para ser digno de verse a simple vista?. ¿Y si resulta ser algo espectacular?. Será recordado por siempre como el Cometa Casabella....

 No. Sería recordado como el Cometa Agüera/Casabella. Hay otro descubridor. No tendría su nombre únicamente.

 El hilo de pensamientos de Rafael empezó a degenerar. Ésta era, probablemente, su única oportunidad de hacer algo por lo que ser recordado, la única manera de salir del anonimato en el que se encontraba metido desde hacía años. En el fondo ése descubrimiento era suyo, él era el dueño del proyecto,él era el que había pasado horas y horas delante del ordenador repasando puntos de luz para mejorar el programa... Juan siempre había ido a remolque de sus ideas, sólo servía para hacer el trabajo rutinario de retocar el programa. No era justo. Y no lo iba a permitir.

 Empezó a sonar una frase en su cabeza...“Ése cometa es mío y sólo mío”.

Rafa entró en un estado de furia febril, revolvió todos sus papeles, revisó las fotos en el ordenador... Tenía que encontrar algo que demostrara que él era el único descubridor del cometa, que era exclusivamente suyo. Con el corazón desbocado se tuvo que rendir a la evidencia: la única forma de asegurarse el reconocimiento como verdadero descubridor era ir a ver a Juan Luis en persona y pedirle que le diera toda la documentación. Y si Juan no accedía, tendría que obligarle como fuera. Estaba dispuesto a todo.

Cogió un abrigo, algo de comida para el camino, y un cuchillo que usaban en la bodega para cortar las viñas. Si era necesario, lo usaría. No iba a dejarse pisar de esta manera.

Arrancó el coche cerca de la una de la mañana, y calculó con el GPS el camino hasta el observatorio de Juan Luis. Conocía su posición porque era necesaria para los cálculos de corrección del programa, se plantaría allí en menos de cuatro horas, y le exigiría lo que era legítimamente suyo. Y más le valía a Juan que se lo diera, o si no...

Condujo, condujo de manera frenética... Rafa no veía nada más que la carretera, las luces del coche y la pantalla del navegador. Y no oía otra cosa más que el runrún en su cabeza diciendo “mío y sólo mío....mío y sólo mío...”. Sólo pensaba en lo que le haría a Juan Luis si éste no entraba en razón. Le daban igual las consecuencias de lo que ocurriera, las cosas no le podían ir peor. Él nunca quiso ser un simple gerente de una bodega, él estaba destinado a algo más que eso.

 Estaba fuera de sí.

 Pasara lo que pasara, buscaría cualquier evidencia del nuevo cometa en los equipos de Juan Luis, las destruiría, y se encargaría de mandar un correo desde su móvil al CBAT para informarles del hallazgo. Así quedaría claro que sólo él era el descubridor del cometa.

 A las 5:20 de la mañana llegó a lo que parecía la casa de Juan Luis, el telescopio en la terraza así la delataba. Juan Luis debía estar a punto de llamarle otra vez para darle las últimas noticias de su cometa. Apagó el coche y escondió el cuchillo debajo del abrigo. “Mio y sólo mío...”, sólo repetía eso. Se acercó a la puerta a oscuras, se aseguró de que tuviera todo a mano, y llamó al timbre. Varias veces. Tenía que despertar a Juan Luis si es que no estaba ya despierto. Oyó pasos nerviosos bajando la escalera. “Mío y sólo mío....no puede ser de nadie más”. Apretó el cuchillo dentro del abrigo, había llegado el momento. Se entreabrió la puerta, y tras la cadena de seguridad apareció la cara tremendamente asustada de una señora mayor. La madre de Juan Luis, sin duda.

 -¿Quién es usted?. ¿Qué le ha pasado a mi hijo?.

-Eh... nada, creo, Señora. De hecho estoy buscando a Juan Luis, soy un amigo suyo. Es muy importante que hable con él ahora mismo. Muy importante.

-¡Ay, por Dios!. No sé qué le pasa.- La mujer estaba sollozando- A ver si usted le hace entrar en razón, Madre del Amor Hermoso. Está muy raro. De repente le entró un especie de ataque de nervios, no paraba de moverse de un lado para otro gritando unas cosas raras. Decía cosas muy raras, algo así como “Es mío y sólo mío, nadie me lo va a quitar”...“Yo hice todo el trabajo”... “Ahora sí que el mundo me va a respetar”. ¡Ay, mi hijo!, con lo buena persona que es, no sé qué le habrá pasado. Si es que desde que su padre murió no es el mismo, por el Amor de Dios.

 La pobre mujer se derrumbaba por momentos, y Rafa no sabía que hacer. Estaba allí parado, de pie, escuchándola, con la mano metida en el abrigo, sin saber bien qué hacer.

 -Fíjese que hace unas horas cogió la escopeta de caza, unas postas y se marchó con el coche. Estaba desencajado, decía que tenía que irse ya mismo hasta Valladolid, a arreglar un asunto. ¡Por Dios, qué locura!. Espero que no esté metido en cosa de drogas o algo así. ¿Usted no sabrá nada de qué es lo que le está pasando?

      



Volver