MARTE, DESTINO FINAL
María del Rosario Cortés Ros
Querido
diario.
Doscientos días, rigiéndonos por el cómputo
terrestre, de esperanzador viaje.
Según la tabla del ordenador central, y
tutelados por el calendario gregoriano,
nos encontramos a dieciocho de julio del año dos mil ciento cuatro.
Dando por hecho que mi reloj cuántico no se
ha visto alterado por el gradiente de presión, la variación en la gravedad y
otros cálculos diferentes de la planetópoli, en estos momentos debe de estar
anocheciendo en nuestro planeta de origen.
Debería existir una palabra mejor que
designase “planeta madre”, planetópoli resulta malsonante y zafia. Desafortunadamente,
y debido a la costumbre de continuar con las tradiciones más ancestrales, los
hombres y mujeres más inteligentes del momento, decidieron otorgar a la Tierra
la nomenclatura griega de planeta madre, tal y como los arcaicos hicieran para designar
a las islas descubiertas y sometidas dependientes de la metrópoli original o
ciudad madre, más de dos mil años atrás.
Tal vez la nostalgia haya sido también el
motivo de que la primera nave con humanos destino Marte, en la que me
encuentro, fuese bautizada con el nombre de Argos aludiendo a la célebre nave
del mítico Jasón.
Mi nombre es Anait y me hallo en esta nave
estelar en calidad de astroarqueóloga. Cien somos los escogidos, entre personal
científico e individuos versados en las más heterogéneas tareas no relacionadas
con la ciencia, para formar la primera colonia de vida humana en Marte.
Atrás quedan siglos de investigación; de
lucha sin cuartel contra las adversidades; de ilusiones frustradas; de temor…
miedo a no poder ganar la partida al Sol, nuestra principal fuente de vida… y
de muerte.
Cuando en las postrimerías del siglo XX el
Astro Rey, continuando con su expansión natural, propiciase el inicio de los
cambios climáticos, los científicos ya eran sabedores de que debían buscar un
nuevo planeta del sistema solar a donde trasladar la humanidad, al igual que en
su momento ya hicieran cuando sucedió lo mismo con el planeta Venus, anterior
cuna de la humanidad.
En un principio acusaron de los desastres
naturales a los seres humanos que por aquel entonces habitaban la Tierra,
convencidos que arrojar gases contaminantes a la atmósfera era la única causa
del cambio climático.
Lo cierto es que si bien esa afirmación no
era del todo cierta, la falta de previsión de un siglo quemando petróleo y
malgastando indiscriminadamente los recursos naturales, tan necesarios para la
vida planetaria, colaboraron en buena medida a que se precipitase el temido fin
que de otra manera se hubiese ralentizado un siglo o dos.
Cuando se percataron del error que
significaba la tala masiva de árboles o la contaminación atmosférica ya era
demasiado tarde para rectificar. No podían arreglar en pocos años el exceso de
siglo y medio.
Habían destruido la base primordial de toda
vida planetaria: las plantas. Ellas son las principales productoras de oxígeno,
fundamental para la respiración humana y de la mayoría de especies
animales, junto a otros gases nobles en
consonancia con éste.
La ambición desmedida y la soberbia humana
ponían fin a la humanidad.
A lo largo de dos décadas se sucedieron
catástrofes naturales de toda índole: movimientos sísmicos, tanto terrestres
como marinos; erupciones volcánicas; deshielo en masa, sin precedentes hasta
entonces, motivado por la desaparición de la capa de ozono; lluvias
torrenciales que borraron ciudades enteras del mapa; huracanes… todo contribuyó
a devastar el planeta y con él a la humanidad.
La cifra mundial de habitantes se redujo a
sólo cuatro millones de seres humanos. Varias especies animales extintas y, al
igual que en albor de los tiempos del planeta, una sola masa de tierra rodeada
de océanos, un solo continente que prosiguió con la denominación de Pangea.
Primero se extinguieron los animales de
latitudes polares; a los que siguieron los naturales de la Gran Vaguada
terrestre, conocida como zona de convergencia intertropical.
En menos de una década diversas especies -
tanto animales como vegetales-, que antaño poblaban por cientos de miles la
litosfera, desaparecieron completamente. Ballenas, delfines y otros tantos
miles de especímenes marinos no tuvieron mejor suerte.
Unas perecieron por el calentamiento global
del planeta, otras por el cada vez más intenso efecto invernadero debido a la
gran cantidad de CO2 en la atmósfera, y otras por escasez de sustento o por
carecer de un ecosistema en el que subsistir.
Finalmente las especies animales se
redujeron a varios especímenes domésticos, más habituados a los cambios
naturales y a la mutación genética. Cientos de especies salvajes también
lograron adaptarse al nuevo entorno, hallando la forma de sobrevivir.
Y los hombres y mujeres se vieron obligados
a aprender, por primera vez en la historia de la humanidad, a convivir sin
barreras, naturales o raciales. Ya no existía motivo alguno para luchar
puerilmente por un trozo de tierra. Nada delimitaba ya la propiedad de estados.
Décadas de duros enfrentamientos
dialécticos; de forzosas negociaciones entre ellos, primando fundamentalmente
la diplomacia durante el proceso. Y todo
se redujo a un solo gobierno central, formado por cinco miembros de entre los
grandes líderes mundiales de entonces; y a una sola religión, mezcolanza de las
cuatro grandes religiones que hasta entonces ejercieran la supremacía.
Durante este proceso de aclimatación, los gobiernos y científicos más
influyentes comenzaron, en un principio en aislamiento y aunando sus esfuerzos
posteriormente, su lucha sin tregua para vencer la guerra más importante: la
que mantenía el planeta con su estrella.
En un principio la prioridad era que en
Marte hubiese agua, en estado líquido o sólido, en los blancos casquetes. Más
tarde hallar agua, o restos de que la hubiese habido en el pasado, en cualquier
punto del planeta rojo. Obteniendo un rotundo éxito en su búsqueda.
El siguiente paso a seguir consistía en
aprovechar los recursos hídricos y potenciarlos artificialmente. Acertando de
pleno nuevamente.
La importancia de que el agua, elemento
vital en cualquier planeta del sistema solar para todas las especies que debía
albergar, apareciese espontáneamente en el planeta vecino llevaba implícita la
posibilidad de crear oxígeno mediante la primigenia siembra de plantas
xerófilas; especies mesófilas más adelante; y finalmente plantas hidrófilas,
incluyendo árboles que contribuyeran poco a poco a la creación de una atmósfera propicia para que el planeta
rojo terminase habitado por todas y cada una de las formas vivas de su homónimo
terrestre.
En los albores del siglo XXII la hipótesis
que sustentara a la humanidad durante varios siglos se convirtió en un hecho.
Quedaba sólo lo más difícil de la empresa: trasladar a más de cuatro millones
de seres humanos y a miles de especies
animales de planeta, junto a un legado histórico que se remontaba decenas de miles de años.
Se barajaron diversas ideas aportadas pero
ninguna de ellas resultaba sencilla de llevar a cabo. Tras largas y tediosas
deliberaciones se optó por realizar conjuntamente las dos aportaciones más
coherentes, dado el poco tiempo disponible puesto que el excesivo calentamiento
del núcleo juntamente con la radiación electromagnética, tanto solar como
terrestre, habían borrado las dos estaciones intermedias, extremando
considerablemente las otras dos. En
verano se alcanzaban con frecuencia los 323 grados absolutos, mientras que
durante el invierno esta temperatura descendía fácilmente hasta unos 247 grados
kelvin.
Dichas ideas consistieron en seleccionar
varios puntos de la corteza marciana rodeadas de bosques naturales y provistas
de cursos de agua dulce. En ellos se trasladaron, en un primer momento,
diversas especies animales capacitadas para la subsistencia sin ninguna
colaboración humana pero sin dejar de ser supervisadas a diario por las
diversas colonias de biólogos, marciógrafos y científicos sobradamente
cualificados allí establecidas desde el principio y que dirigieron el proyecto. Las algas marinas
instaladas varios decenios atrás ya habían hecho lo propio con respecto a la
salinidad y densidad de las aguas marinas, por lo que simultáneamente se establecieron
las primeras especies marinas.
Un lustro más tarde llegó el turno de los
primeros obreros que, junto con centenares de toneladas de materiales
constructivos, se encargaron de edificar las primeras construcciones que
formarían las ciudades de los futuros habitantes. Para ello, y tras arduas
deliberaciones, se optó por dos tipologías arquitectónicas de la antigüedad
terrestre: la egipcia, piramidal y adintelada, que ya fuese trasladada desde
Venus, su planeta de origen; y la paleocristiana, más abovedada y reinventada
por los romanos en la Tierra dos mil años atrás.
Más de cien años han transcurrido desde el
comienzo de nuestra odisea. Varias son las generaciones implicadas en el macro
proyecto y muchos cerebros privilegiados perecieron con la esperanza puesta en
él. Mis acompañantes y yo tomamos el
testigo recayendo en nosotros la responsabilidad de llevarlo a buen término.
En calidad de astroarqueóloga, y
conjuntamente con dos compañeros, llevamos con nosotros el legado terrestre.
Más de seis mil hologramas comprimidos conteniendo todo el material importante
conservado desde los albores de los tiempos; millones de imágenes en formato
reducido de animales extintos, plantas de idéntica suerte; monumentos;
edificios emblemáticos; personas anónimas de todas las razas de antaño… todo es
válido para no perder nuestra herencia de milenios. Nuestra historia.
Nuestro viejo planeta se muere y con él la
humanidad. El temido efecto invernadero se ha apoderado de la Tierra tal y como
ya ocurriese con Venus millones de años atrás. Amoniaco y anhídrido carbónico sustituyen ya al oxígeno
y al hidrógeno de antaño. Los más afortunados viven en las múltiples estaciones
espaciales que rodean la Luna y sus inmediaciones; de la suerte que haya
corrido el resto, casi diez millares, no estoy informada.
Siguiendo nuestros pasos otras cien naves
similares en capacidad y autonomía se nos unirán en breve. Si todo marcha según
lo planeado, en dos días de cómputo terrestre habremos marcianizado.
Todos los vocablos referentes a nuestro
nuevo planeta resultan extraños y malsonantes. Confío en que dentro de unos
años estemos totalmente familiarizados con ellos; al menos yo, que no termino
de acostumbrarme por el momento.
A mi alrededor, la gente rezuma esperanza y
optimismo. Tal vez en un principio algunos de nosotros sintiéramos una cierta
nostalgia de abandonar la Tierra, ahora sólo albergamos unas ganas tremendas de
instalarnos y comenzar una nueva vida.
Sé que el antaño planeta rojo ya no lo es
tanto. Un color violáceo lo rodea. Sólo sus acompañantes, Fobos y Deimos han
sido respetados, conservando su viejo aspecto. Ellos constituyen otro
interesante cambio; dos lunas en lugar de una. El cómputo de los días y las
noches será diferente a como lo venía siendo en la Tierra desde Julio César,
quien estableciera un único calendario, del vocablo griego kalendas -el primer
día de cada mes- y por el que se rigió la humanidad desde entonces. Supongo que
por relación aritmética, a más días y más noches le corresponden más años de
vida, lo que significa que seremos más longevos en Marte que en la Tierra.
Todo esto son cavilaciones mías, querido
diario. La única certeza es que dentro de dos días los que estamos a bordo de
esta nave comenzaremos a escribir un nuevo período histórico que pasará a los
anales y será estudiada por nuestros descendientes: la historia de Marte.