Mientras la nave
se acercaba al puerto espacial de Yorkick daban vueltas en mi cabeza las
palabras de Volgurt. ¿Qué había querido decirme? ¿Cuál era ese descubrimiento
que cambiaría la historia? No podía dejar de sentir cierta desconfianza. A
pesar de la profunda amista que nos unía nunca había aceptado su teoría y, a
medida que pasaba el tiempo ésta se me aparecía cada vez más absurda y la
inquebrantable confianza que él mostraba, cada vez mas irracional.
El aterrizaje
fue rápido y rutinario en cambio, los trámites administrativos duraron más
tiempo de lo habitual. Mientras esperaba pensaba con irritación que en la época
de los barcos de vela el cruce del Atlántico demoraba más tiempo que un viaje a
Marte pero que los viajeros no tenían que perder ni un minuto después que
desembarcaban. Al final, salí a la sala de espera e inmediatamente oí mi
nombre. Me volví y lo ví, era Volgurt. Se acercó, levanté las manos en señal de
saludo y él en cambio me abrazó. Yo sabía que él mantenía fervorosamente las
antiguas costumbres pero, me sentí ligeramente molesto ante un saludo tan
arcaico. Todas las personas a nuestro alrededor nos miraron pero a él, como de
costumbre no le importo en lo más mínimo. Me acompañó hasta su transportador,
guardamos mi equipaje y él ordenó al robot que nos condujera a su residencia.
Mientras el
transportador se elevaba eché un vistazo por la ventanilla y ví a lo lejos el
desierto radioactivo que rodeaba las ruinas de la gigantesca y desconocida
ciudad que nosotros llamábamos Yorkick. Después me volví hacia él y lo
interrogué con la mirada. Él dejó pasar un momento, probablemente para aumentar
mi impaciencia, y después dijo: He hecho un descubrimiento. Si- contesté- eso
decía tú mensaje, ¿pero qué descubrimiento puede ser tan importante como para
hacerme viajar desde Marte con esta urgencia, abandonando todos mis asuntos?
Quería que fueras el primero en saberlo. Me sentí un poco irritado. Pues acaba
de decirlo de una vez. Me miró y dijo lentamente: He encontrado un libro.
Contesté ¿qué clase de libro? Pues lo que te he dicho, un libro.
Durante un
momento pensé que se estaba burlando de mi, luego surgió en mi mente una idea
fantástica. Vacilando le pregunte ¿no querras decir un libro impreso?
Efectivamente, eso es lo que quiero decir. Cuando recuperé la voz le dije- sólo
se han encontrado 47 libros impresos en todo el sistema solar. Cierto me
contestó pero ahora hay 48. El impacto fue abrumador, ahora comprendía su
urgencia al llamarme. Sentía una impaciencia irresistible por ver aquella
increíble reliquia pero, todavía me faltaba una sorpresa aún mayor. Cuando le
pregunté por el contenido del libro volvió a demorarse en la respuesta. Al fin
contestó: Es un libro de historia. ¿De qué historia? Más lentamente aún vino la
siguiente respuesta: De la historia del Imperio Galáctico. Durante unos
instantes me sentí totalmente abrumado. Al final dije: Supongo que estás hablando
en serio. Amigo mío- me dijo- nunca he hablado tan en serio.
En la distancia
se veían las cúpulas de la residencia de Volgurt. Me quedé mirándolas mientras
nos acercábamos y yo trataba de asimilar la información que había recibido. Al
final le contesté: Si estás en lo cierto, habrá que escribir de nuevo la
historia. Con cierta irritación me constestó: ¿Crees que puedo hacer una
afirmación como esta sin haberla comprobado? Tú eres mi mejor amigo, creía que
me conocías mejor. Perdóname, pero esto es algo tan inconcebible que me cuesta
trabajo asimilarlo, ¡Un Imperio Galáctico en la época arcaica! Si puedes
demostrarlo habrás probado la teoría que has defendido tanto tiempo. Será un
triunfo extraordinario para ti y yo me alegraré porque te lo has merecido. Pero
tengo necesidad de ver ese libro cuanto antes.
Para entonces
habíamos llegado a la plataforma de aterrizaje de la residencia de Volgurt. Mientras
descendíamos en el ascensor, yo no podía contener mi impaciencia. Al fin
llegamos al estudio y lo ví. Estaba colocado en una máquina de lectura. Se
podía ver claramente. Sentí una emoción abrumadora. Estaba viendo un libro, un
verdadero libro impreso hacía miles de años. Conecté la máquina de lectura y
empecé a estudiarlo, aún había más
sorpresas. ¡El libro estaba escrito en Inglis! ¡Inglis del periodo
pre-aglutinante! Me temblaban las piernas mientras leía. Revisé el libro
saltando de un capítulo a otro. Sin duda era una historia de un imperio que se
había extendido por toda la galaxia. Una historia extraña según nuestras
normas. Le daba una enorme importancia a las personalidades dirigentes y muy
poca atención a las grandes fuerzas económicas y sociales. Su estilo se
acercaba más al de una obra literaria moderna que al de un estudio histórico.
Faltaban párrafos enteros que habían sido borrados por el tiempo. Pero no había
ninguna duda ¡Había existido un imperio galáctico en la época arcaica! Por un
momento, desvié la vista del libro y miré a mi amigo. Volgurt me miraba
mostrando un orgullo que era imposible de ocultar. Yo, en ese momento, sentí su
triunfo casi como si fuera mío. Durante años y años había sostenido una teoría
aparentemente absurda, había recibido las críticas e incluso las burlas de la
mayoría de los historiadores y ahora se veía reivindicado por este
extraordinario descubrimiento. Esta era su hora de triunfo.
En ese momento, quise conocer en nombre de aquel historiador cuyas
palabras nos llegaban a través de los siglos. Moví el dial para localizar la
portada del libro. Estaba casi ilegible, el título había sufrido la acción del
tiempo. Sólo se podían leer con claridad las primeras tres letras: FUN… y las
dos palabras finales que se podían leer con toda claridad: Imperio Galáctico.
Busqué el nombre de aquel remoto historiador y lo encontré en la parte inferior
de la página. Se llamaba Isaac Asimov.