MANTIÑÁN

Fernando Mantiñán Romero



        Mientras la nave se acercaba al puerto espacial de Yorkick daban vueltas en mi cabeza las palabras de Volgurt. ¿Qué había querido decirme? ¿Cuál era ese descubrimiento que cambiaría la historia? No podía dejar de sentir cierta desconfianza. A pesar de la profunda amista que nos unía nunca había aceptado su teoría y, a medida que pasaba el tiempo ésta se me aparecía cada vez más absurda y la inquebrantable confianza que él mostraba, cada vez mas irracional.

        El aterrizaje fue rápido y rutinario en cambio, los trámites administrativos duraron más tiempo de lo habitual. Mientras esperaba pensaba con irritación que en la época de los barcos de vela el cruce del Atlántico demoraba más tiempo que un viaje a Marte pero que los viajeros no tenían que perder ni un minuto después que desembarcaban. Al final, salí a la sala de espera e inmediatamente oí mi nombre. Me volví y lo ví, era Volgurt. Se acercó, levanté las manos en señal de saludo y él en cambio me abrazó. Yo sabía que él mantenía fervorosamente las antiguas costumbres pero, me sentí ligeramente molesto ante un saludo tan arcaico. Todas las personas a nuestro alrededor nos miraron pero a él, como de costumbre no le importo en lo más mínimo. Me acompañó hasta su transportador, guardamos mi equipaje y él ordenó al robot que nos condujera a su residencia.

        Mientras el transportador se elevaba eché un vistazo por la ventanilla y ví a lo lejos el desierto radioactivo que rodeaba las ruinas de la gigantesca y desconocida ciudad que nosotros llamábamos Yorkick. Después me volví hacia él y lo interrogué con la mirada. Él dejó pasar un momento, probablemente para aumentar mi impaciencia, y después dijo: He hecho un descubrimiento. Si- contesté- eso decía tú mensaje, ¿pero qué descubrimiento puede ser tan importante como para hacerme viajar desde Marte con esta urgencia, abandonando todos mis asuntos? Quería que fueras el primero en saberlo. Me sentí un poco irritado. Pues acaba de decirlo de una vez. Me miró y dijo lentamente: He encontrado un libro. Contesté ¿qué clase de libro? Pues lo que te he dicho, un libro.

        Durante un momento pensé que se estaba burlando de mi, luego surgió en mi mente una idea fantástica. Vacilando le pregunte ¿no querras decir un libro impreso? Efectivamente, eso es lo que quiero decir. Cuando recuperé la voz le dije- sólo se han encontrado 47 libros impresos en todo el sistema solar. Cierto me contestó pero ahora hay 48. El impacto fue abrumador, ahora comprendía su urgencia al llamarme. Sentía una impaciencia irresistible por ver aquella increíble reliquia pero, todavía me faltaba una sorpresa aún mayor. Cuando le pregunté por el contenido del libro volvió a demorarse en la respuesta. Al fin contestó: Es un libro de historia. ¿De qué historia? Más lentamente aún vino la siguiente respuesta: De la historia del Imperio Galáctico. Durante unos instantes me sentí totalmente abrumado. Al final dije: Supongo que estás hablando en serio. Amigo mío- me dijo- nunca he hablado tan en serio.
En la distancia se veían las cúpulas de la residencia de Volgurt. Me quedé mirándolas mientras nos acercábamos y yo trataba de asimilar la información que había recibido. Al final le contesté: Si estás en lo cierto, habrá que escribir de nuevo la historia. Con cierta irritación me constestó: ¿Crees que puedo hacer una afirmación como esta sin haberla comprobado? Tú eres mi mejor amigo, creía que me conocías mejor. Perdóname, pero esto es algo tan inconcebible que me cuesta trabajo asimilarlo, ¡Un Imperio Galáctico en la época arcaica! Si puedes demostrarlo habrás probado la teoría que has defendido tanto tiempo. Será un triunfo extraordinario para ti y yo me alegraré porque te lo has merecido. Pero tengo necesidad de ver ese libro cuanto antes.
      
        Para entonces habíamos llegado a la plataforma de aterrizaje de la residencia de Volgurt. Mientras descendíamos en el ascensor, yo no podía contener mi impaciencia. Al fin llegamos al estudio y lo ví. Estaba colocado en una máquina de lectura. Se podía ver claramente. Sentí una emoción abrumadora. Estaba viendo un libro, un verdadero libro impreso hacía miles de años. Conecté la máquina de lectura y empecé  a estudiarlo, aún había más sorpresas. ¡El libro estaba escrito en Inglis! ¡Inglis del periodo pre-aglutinante! Me temblaban las piernas mientras leía. Revisé el libro saltando de un capítulo a otro. Sin duda era una historia de un imperio que se había extendido por toda la galaxia. Una historia extraña según nuestras normas. Le daba una enorme importancia a las personalidades dirigentes y muy poca atención a las grandes fuerzas económicas y sociales. Su estilo se acercaba más al de una obra literaria moderna que al de un estudio histórico. Faltaban párrafos enteros que habían sido borrados por el tiempo. Pero no había ninguna duda ¡Había existido un imperio galáctico en la época arcaica! Por un momento, desvié la vista del libro y miré a mi amigo. Volgurt me miraba mostrando un orgullo que era imposible de ocultar. Yo, en ese momento, sentí su triunfo casi como si fuera mío. Durante años y años había sostenido una teoría aparentemente absurda, había recibido las críticas e incluso las burlas de la mayoría de los historiadores y ahora se veía reivindicado por este extraordinario descubrimiento. Esta era su hora de triunfo.

        En ese momento, quise conocer en nombre de aquel historiador cuyas palabras nos llegaban a través de los siglos. Moví el dial para localizar la portada del libro. Estaba casi ilegible, el título había sufrido la acción del tiempo. Sólo se podían leer con claridad las primeras tres letras: FUN… y las dos palabras finales que se podían leer con toda claridad: Imperio Galáctico. Busqué el nombre de aquel remoto historiador y lo encontré en la parte inferior de la página. Se llamaba Isaac Asimov.

      



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