Estaba en el jardín de mi casa en el campo
observando y soñando con cúmulos, galaxias y nebulosas. Eran las 12 de la noche
y la luna asomaba por entre algunas nubes remolonas provocando una luz grisácea, cuando me sobresalté al ver que
una gran estrella fugaz caía muy cerca de mi. El fogonazo del bólido fue
intenso y me bañó completamente. Una oleada de frío interior me sacudió y quedé
inmóvil y aletargada. Traté de recordar
sus dimensiones y colores pero no podía enviar órdenes a mi cerebro, me sentía
prisionera de mi falta de reacción. Solo pude sumergirme en la nada.
Entonces, como una jauría desbocada, las
imágenes acudieron en tropel incontenibles, impalpables. Unas luchaban contra
otras tratando de ocupar el primer lugar para saltar y discurrir por mi cerebro
cual tobogán; otras se detenían por segundos y se desintegraban instantáneamente.
Estaba viviendo un paroxismo mental sin igual. Millones de imágenes vividas o
soñadas se deslizaron raudas por mi mente, algunas cabalgaban sobre otras, atrapaban indicios de
sus compañeras los retenían y explotaban juntas en miles de luces fugaces multicolores. En medio de esa vorágine, traté
de luchar por apoderarme de alguna de ellas sin poder lograrlo.
Estaba extenuada y dejé mi mente en blanco. Esta
vez el resultado fue impactante. Debido al colapso que impuse a las imágenes,
estas decidieron llamarse al orden y una detrás de otra, como escolares
disciplinados, hicieron su entrada en mi mente para permitirme clasificarlas.
Al salir de esa especie de trance, noté, en
medio de balbuceos inarticulados, que
intentaba rescatar la coordinación de mi lengua. Mis imágenes fluían
desencadenadas en un extraño crescendo que me elevaba hasta que se amalgamaron
en una pasta transparente y gélida y me sentí transportada a otro tipo de
dimensión.
No puedo recordar lo que me rodeaba dentro de aquel mundo
inconmensurable del que emanaban raros brillos desde sus diferentes profundidades. Me vi desdoblada en
otro ser igual a mi. Sentí sensaciones inenarrables, una especie de simbiosis
se apoderaba de nosotros, sentía que un fluido externo, sin formas, transparente,
nos envolvía como una crisálida hermafrodita de cristal. Nos acercamos,
dejándonos cubrir por esa materia sin nombre en la que tiempo y espacio se
habían convertido en una nebulosa densa y dorada. Nuestras mentes se fusionaron
conjugando un nuevo verbo en el que no existía la individualidad y traspasamos,
tal vez oníricamente, un espacio multidimensional de la consciencia.
La impresión de velocidad absoluta convulsionó
mi mente en un vértigo atávico, mis capas moleculares se desprendieron como
escamas de peces alados e iridisados, los protones, electrones y fotones de mi
cuerpo se disgregaron individualistas y salvajes como guerreros arcaicos
generadores de energía irracional e incontrolable. Sentí que mi mente se
desprendía de mi cuerpo sintiéndome, repentinamente, despojada de mis
pertenencias corpóreas. Así, partícula a partícula, quedé desalojada
irremediablemente y mi sangre y mis átomos se mezclaron en el espacio infinito
con vientos solares, gas, polvo y nubes estelares.
Soy una gota de sangre cayendo en el espacio,
sin memoria, sin retorno. Soy un ente primario, el eterno solitario en un
cosmos en proceso de eterna destrucción y creación.
Me succionó un agujero negro galáctico, el túnel
de entrada al corazón de una nueva miríada de galaxias parpadeantes. En el
proceso de transportación por las galaxias, se produjo una alteración en mi
composición atómica ocasionando un desvío en mi curso gravitacional, siendo enviado a la matriz del universo antiguo.
Un gas
denso y caliente y el polvo cósmico recibió mi llegada y actuó como un
vientre materno, sin latidos, donde yo, embrión, nadé en la sustancia del
espacio aletargado, sin acción ni conversión.
De pronto, una hecatombe refulgente se desató;
miles de millones de explosiones deslumbrantes y ruidos de intensidad inaudita
despertaron mi conciencia y asistí a una de las visiones más apocalípticas del
universo, la muerte de una supernova.
En una fracción infinitesimal todos los
horizontes se distorsionaron y se transformaron en flashes incandescentes de
luz y energía agónica, el caos en estado puro. Ramalazos rutilantes me
cubrieron y sentí conciencia de mi
propio crecimiento. Absorbí energía de intensas radiaciones al tiempo que
emanaba de mi una luz azul brillante. Me sentí un ser propiamente estelar, el
primer hijo de una estrella moribunda inconcebido por ella pero nacido de sus
entrañas en el momento de su muerte. El primer atisbo de sentimiento comenzó a
latir en mí. Mi ser, compuesto de una gota primaria de sangre en el espacio y
energía en proceso de materialización, estaba ahora adquiriendo conciencia y
raciocinio en forma paulatina.
En este, mi viaje iniciático, me desplazo a la
velocidad de la luz recorriendo las expansiones y contracciones del universo,
me lanzo por las ondulaciones del espacio tiempo, viajo tan rápido que todo a
mi alrededor pasa lentamente y de tan lento llego hasta el origen del cosmos.
Todo está en proceso de creación y evolución, nubes galácticas de millones de
estrellas se unen y se repelen en una danza atávica y universal, otras se
fusionan en una absorción radiante donde gas y polvo se aúnan para originar
los mundos.
El Big Bang me atrapó en su inmensa masa
universal y la gran explosión de fuerzas desatadas a escala cósmica lo llenó
todo de materia y antimateria
estelar que chocaba y se anulaba. La
inmensidad de esta batalla fue ganada por la materia y de un salto temporal me
perdí en las inmensidades estelares y en
la materia oscura a la que ilumino a mi paso mientras descubro su esencia.
Traspaso la materia repulsiva que me acoge en su seno mientras se expande por
la insondable eternidad. Viajo al universo joven para asistir al nacimiento de
las estrellas en sus nubes gigantes, me deslizo por la secuencia principal para
saludar a las estrellas brillantes y plenas, salgo de ella para sumergirme en
mega masas de gigantes rojas, me columpio en los brazos de las galaxias, me
interno por las fáculas de los soles, las maravillosas nebulosas me muestran
sus mejores galas, salto de pulsar en pulsar y de quasar a quasar, y atravieso
los deslumbrantes cúmulos globulares y galácticos.
Ahora me dirijo a una mínima galaxia Vía Láctea
donde siento una llamada interestelar desde un minúsculo y bello planeta
oceánico que lanza brillos azules y blancos como un faro a las tinieblas del
Universo. La rueda del espacio sigue girando y comienzo otro ciclo de renacimiento que me llevará a
otro nuevo hasta el final de los tiempos.