LA GOTA DEL UNIVERSO

Mª Dolores González Iglesias



Estaba en el jardín de mi casa en el campo observando y soñando con cúmulos, galaxias y nebulosas. Eran las 12 de la noche y la luna asomaba por entre algunas nubes remolonas provocando una  luz grisácea, cuando me sobresalté al ver que una gran estrella fugaz caía muy cerca de mi. El fogonazo del bólido fue intenso y me bañó completamente. Una oleada de frío interior me sacudió y quedé inmóvil y aletargada. Traté de  recordar sus dimensiones y colores pero no podía enviar órdenes a mi cerebro, me sentía prisionera de mi falta de reacción. Solo pude sumergirme en la nada.

 Entonces, como una jauría desbocada, las imágenes acudieron en tropel incontenibles, impalpables. Unas luchaban contra otras tratando de ocupar el primer lugar para saltar y discurrir por mi cerebro cual tobogán; otras se detenían por segundos y se desintegraban instantáneamente. Estaba viviendo un paroxismo mental sin igual. Millones de imágenes vividas o soñadas se deslizaron raudas por mi mente, algunas  cabalgaban sobre otras, atrapaban indicios de sus compañeras los retenían y explotaban juntas en miles de luces fugaces  multicolores. En medio de esa vorágine, traté de luchar por apoderarme de alguna de ellas sin poder lograrlo.

Estaba extenuada y dejé mi mente en blanco. Esta vez el resultado fue impactante. Debido al colapso que impuse a las imágenes, estas decidieron llamarse al orden y una detrás de otra, como escolares disciplinados, hicieron su entrada en mi mente para permitirme clasificarlas.

 Al salir de esa especie de trance, noté, en medio  de balbuceos inarticulados, que intentaba rescatar la coordinación de mi lengua. Mis imágenes fluían desencadenadas en un extraño crescendo que me elevaba hasta que se amalgamaron en una pasta transparente y gélida y me sentí transportada a otro tipo de dimensión.

 No puedo recordar  lo que me rodeaba dentro de aquel mundo inconmensurable del que emanaban raros brillos desde sus  diferentes profundidades. Me vi desdoblada en otro ser igual a mi. Sentí sensaciones inenarrables, una especie de simbiosis se apoderaba de nosotros, sentía que un fluido externo, sin formas, transparente, nos envolvía como una crisálida hermafrodita de cristal. Nos acercamos, dejándonos cubrir por esa materia sin nombre en la que tiempo y espacio se habían convertido en una nebulosa densa y dorada. Nuestras mentes se fusionaron conjugando un nuevo verbo en el que no existía la individualidad y traspasamos, tal vez oníricamente, un espacio multidimensional de la consciencia.

 La impresión de velocidad absoluta convulsionó mi mente en un vértigo atávico, mis capas moleculares se desprendieron como escamas de peces alados e iridisados, los protones, electrones y fotones de mi cuerpo se disgregaron individualistas y salvajes como guerreros arcaicos generadores de energía irracional e incontrolable. Sentí que mi mente se desprendía de mi cuerpo sintiéndome, repentinamente, despojada de mis pertenencias corpóreas. Así, partícula a partícula, quedé desalojada irremediablemente y mi sangre y mis átomos se mezclaron en el espacio infinito con vientos solares, gas, polvo y nubes estelares.

 Soy una gota de sangre cayendo en el espacio, sin memoria, sin retorno. Soy un ente primario, el eterno solitario en un cosmos en proceso de eterna destrucción y creación.

Me succionó un agujero negro galáctico, el túnel de entrada al corazón de una nueva miríada de galaxias parpadeantes. En el proceso de transportación por las galaxias, se produjo una alteración en mi composición atómica ocasionando un desvío en mi curso gravitacional,  siendo enviado a la matriz del universo antiguo.

Un gas  denso y caliente y el polvo cósmico recibió mi llegada y actuó como un vientre materno, sin latidos, donde yo, embrión, nadé en la sustancia del espacio aletargado, sin acción ni conversión.

 De pronto, una hecatombe refulgente se desató; miles de millones de explosiones deslumbrantes y ruidos de intensidad inaudita despertaron mi conciencia y asistí a una de las visiones más apocalípticas del universo, la muerte de una supernova.

En una fracción infinitesimal todos los horizontes se distorsionaron y se transformaron en flashes incandescentes de luz y energía agónica, el caos en estado puro. Ramalazos rutilantes me cubrieron  y sentí conciencia de mi propio crecimiento. Absorbí energía de intensas radiaciones al tiempo que emanaba de mi una luz azul brillante. Me sentí un ser propiamente estelar, el primer hijo de una estrella moribunda inconcebido por ella pero nacido de sus entrañas en el momento de su muerte. El primer atisbo de sentimiento comenzó a latir en mí. Mi ser, compuesto de una gota primaria de sangre en el espacio y energía en proceso de materialización, estaba ahora adquiriendo conciencia y raciocinio en forma paulatina.

 En este, mi viaje iniciático, me desplazo a la velocidad de la luz recorriendo las expansiones y contracciones del universo, me lanzo por las ondulaciones del espacio tiempo, viajo tan rápido que todo a mi alrededor pasa lentamente y de tan lento llego hasta el origen del cosmos. Todo está en proceso de creación y evolución, nubes galácticas de millones de estrellas se unen y se repelen en una danza atávica y universal, otras se fusionan en una absorción radiante donde gas y polvo se aúnan para  originar  los mundos.

 El Big Bang me atrapó en su inmensa masa universal y la gran explosión de fuerzas desatadas a escala cósmica lo llenó todo de  materia y antimateria estelar  que chocaba y se anulaba. La inmensidad de esta batalla fue ganada por la materia y de un salto temporal me perdí  en las inmensidades estelares y en la materia oscura a la que ilumino a mi paso mientras descubro su esencia. Traspaso la materia repulsiva que me acoge en su seno mientras se expande por la insondable eternidad. Viajo al universo joven para asistir al nacimiento de las estrellas en sus nubes gigantes, me deslizo por la secuencia principal para saludar a las estrellas brillantes y plenas, salgo de ella para sumergirme en mega masas de gigantes rojas, me columpio en los brazos de las galaxias, me interno por las fáculas de los soles, las maravillosas nebulosas me muestran sus mejores galas, salto de pulsar en pulsar y de quasar a quasar, y atravieso los deslumbrantes cúmulos globulares y galácticos.

 Ahora me dirijo a una mínima galaxia Vía Láctea donde siento una llamada interestelar desde un minúsculo y bello planeta oceánico que lanza brillos azules y blancos como un faro a las tinieblas del Universo. La rueda del espacio sigue girando y comienzo  otro ciclo de renacimiento que me llevará a otro nuevo hasta el final de los tiempos.

      



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