EL ASTRÓLOGO QUE QUERÍA SER ASTRÓNOMO

Javier Carvajal Paje




        Desde siempre los hombres han mirado a las estrellas en busca de un significado y de un destino escrito para sus vidas. La historia que les voy a contar es un relato que va más allá de esa simple búsqueda, que transciende las antiguas creencias astrológicas para iniciar la búsqueda del verdadero significado de los astros que habitan en el firmamento. Es la historia de un joven muchacho llamado Shamaendi, que vivió hace mucho tiempo en un lejano reino de oriente.

         En la antigüedad era una práctica habitual de los reyes pedir consejo al Astrólogo Real para poder tomar las decisiones adecuadas en lo concerniente a los asuntos personales y a las muchas cuestiones del reino. El rey de nuestra historia, conocido como Milgar «el Guerrero» ―apodado así por su excesiva dedicación a hacer la guerra con los reinos vecinos―, tenía por astrólogo al anciano Mashu.  

      Mashu había sabido aconsejar sabia y astutamente al rey Milgar desde que accedió al trono, ganándose el aprecio y el respeto de éste. Todos los conocimientos que Mashu poseía se los debía a su padre, que antes que él había sido el Astrólogo Real. Y, a su vez, el padre de Mashu los había adquirido de su padre, en una tradición que se remontaba de padres a hijos muy atrás en el tiempo. Por esta razón, Mashu, dedicaba grandes esfuerzos en enseñar a su único hijo, Shamaendi, todos los secretos de la astrología, sus contenidos, prácticas y rituales; sabedor de que algún día heredaría el puesto de Astrólogo Real. Pero el joven Shamaendi no creía que en los astros estuviera escrito el destino de las personas, creía en la libertad; no creía que en el firmamento estuvieran determinados el amor y el odio, creía que esos sentimientos nacían dentro de uno mismo; no creía que el auge y caída de los reinos se pudieran predecir observando las luminarias, pensaba que eso dependía de la sabiduría y buen hacer de los gobernantes. Todas estas ideas disgustaban a su padre.

        Pasaba el tiempo y Shamaendi no prestaba atención a las lecciones de astrología que le dedicaba Mashu, no se interesaba por la adivinación, no preguntaba sobre sus tradiciones o secretos. Sus preguntas versaban siempre sobre el verdadero origen de las estrellas, sobre el movimiento de los astros, sobre cómo calcular las distancias que nos separan de ellos. Mashu era incapaz de contestar estas preguntas y lo único que respondía a su hijo era que se centrara en el futuro, en llegar a ser un buen Astrólogo Real. Aunque Shamaendi estaba siendo educado como un astrólogo, en su interior latía un astrónomo.

          Cuando Shamaendi cumplió veinte años sucedió que el rey Milgar marchó hacia el este con su ejercito, más allá de las montañas que limitaban el reino, con la finalidad de  hacer la guerra para adquirir fama, riqueza y respeto. Antes de partir, Milgar «el Guerrero», había pedido al Astrólogo Real que predijera el resultado de la contienda, a lo que el padre de Shamaendi había respondido: “Veo en el firmamento augurios de una gran victoria para tu ejército. Aunque la guerra durará varios meses, saldrás victorioso.” Estas palabras del anciano Mashu fueron un gran estímulo para el rey que, junto con su naturaleza belicosa, marchó a la guerra con decisión renovada y gran entusiasmo. Apenas transcurrido un mes de la partida del rey, el anciano astrólogo enfermó gravemente.

       Mashu, que sabía que el momento de dejar este mundo se aproximaba, hizo llamar a su hijo, al que de niño llamaba cariñosamente Shama. Cuando Shamaendi estuvo ante la presencia de su padre, el anciano se volvió hacia él con la voluntad de hablarle.

         ―Shama, hijo mío ―le dijo con voz enferma―. He intentado durante los últimos años enseñarte el dominio de la astrología, con la única finalidad de que puedas desempeñar correctamente el cargo que pronto heredarás. El trabajo de Astrólogo Real nos ha permitido vivir cómodamente en Palacio, rodeado de personas importantes que nos han aceptado y respetado. Nos ha permitido tener una vida mejor que la mayoría de la gente que habita en este reino. Pero, tú siempre te has revelado contra mis enseñanzas; siempre antepusiste el estudio de los números al estudio de las artes adivinatorias; siempre negaste la posibilidad de predecir el destino usando los astros,  argumentando que éstos obedecen unas leyes que nada tienen que ver con la magia; siempre quisiste construir aparatos para estudiar mejor las estrellas, dejando de lado los utensilios y herramientas propios de nuestro oficio; siempre...

 
        ―Querido padre ―le interrumpió Shamaendi―. Nada de lo que he hecho, lo he hecho para disgustarte o causarte daño. Tú sabes que mis deseos se centraron siempre en entender la realidad de lo que hay en el cielo. Siempre he querido comprender el movimiento de los astros, por qué brillan las estrellas, por qué aparecen los cometas, por qué el Sol es tapado algunas veces por la Luna, por qué... ―hizo una pausa, para mirar a su moribundo padre―. En la astrología que me has enseñado no he encontrado ninguna respuesta a estas cosas. Tú sólo me hablabas de cómo hacer extraños dibujos y predicciones.

         ―Shama, mi joven hijo, la lección más importante que tenía que darte, aún no te la he dado ―al decir esto, los ojos de Mashu se posaron en los de Shamaendi con una fuerza como jamás había visto―. ¡Todo lo que dices es cierto! Nada hay de mágico ni de adivinatorio en la astrología. Presta mucha atención a lo que voy a decirte, porque ésta es la última lección que quería darte, la que reservaba para el final de tu formación, por lo que siento mucho dártela en estas circunstancias.

             El joven muchacho estaba a punto de escuchar unas palabras que no olvidaría el resto de su vida.

         ―Desde que soy astrólogo he aconsejado a ricos y pobres, a grandes y pequeños. Ni el mismísimo Milgar es tan valeroso como para emprender algo sin antes consultarme ―Shamaendi escuchaba atentamente a su padre―. En todos mis años no he encontrado  en las estrellas nada que me mostrará a ciencia cierta qué era lo que iba a suceder o lo que debía decir cuando alguien venía a consultarme. Todo tenía que obtenerlo de mi intuición y de mi astucia, dependiendo de la persona que tuviera en frente en cada momento. Aprende bien esto, hijo mío. Cuando venga un ministro a pedirte consejo, dile que has visto en las estrellas lo que juzgues mejor para nuestro pueblo. Cuando venga una enamorada, dile que las estrellas la recompensarán con un amor mayor. Cuando un rico venga a pedirte consejo sobre sus negocios, dile que su fortuna se multiplicará, y no olvides poner buen precio a esos consejos, porque lo pagará. Cuando un pobre venga a consultarte sobre sus muchos problemas, anímale y dale los consejos más sabios que tengas, y cuídate de pedirle dinero a cambio, pues ya tiene bastante con su pobreza. Cuando un rey venga demandando augurios sobre una guerra que ya ha decidido iniciar, dile que los astros anuncian que saldrá vencedor, puesto que esto es lo que quiere oír y contrariar a un rey puede costarte la vida. Y por último, hijo mío, si tu pasión es el estudio verdadero de las estrellas, hazlo y no te reprimas, porque en ti he encontrado una tenacidad y una inteligencia como no he visto en ninguna persona de este reino. Pero procura aparentar siempre que eres un Astrólogo Real comprometido y diligente.

         Cuando el anciano terminó de hablar, los ojos de Shamaendi estaban llenos de lágrimas y su corazón turbado. Dejó a su padre descansando en la cama, pues ya hacía rato que había caído la noche, y se fue a su dormitorio a intentar organizar todo aquello en su mente. El frescor de la mañana no había anunciado aún la llegada del nuevo día cuando el muchacho recibió la noticia de la muerte de su padre. 

         No hacía ni tres meses que Shamaendi era el nuevo Astrólogo Real, cuando el rey Milgar regresó de la guerra que había librado más allá de las montañas del este. El rey entró aclamado y victorioso en la ciudad, dado que había salido triunfante de su campaña militar, tal y como el viejo astrólogo le había dicho. Milgar entró en Palacio y subió las escaleras que llevaban al gabinete del astrólogo, con la intención de felicitar a su viejo consejero y pedirle un nuevo augurio. Al entrar en la habitación no vio al viejo Mashu, pero sí a su joven hijo que ahora era el nuevo Astrólogo Real. Shamaendi informó al rey de la reciente muerte de su padre y lamentó que no se lo hubieran comunicado. El rey se mostró un tanto desconcertado y contrariado.

         ―Joven muchacho, puesto que ahora eres mi astrólogo, debes saber que en todos los años que tu padre estuvo a mi servicio, siempre respondió a mis encargos, siendo sus consejos muy beneficiosos y favorables ―Shamaendi asintió y Milgar continuó hablando―. He luchado en varias guerras y los astros han demostrado que están de mi lado. He ampliado mis dominios y he conseguido fama y riqueza para mi reino. Regreso tras conseguir una victoria y mi mente y mi corazón ya están ansiosos por librar una nueva batalla. Tras el triunfo conseguido sobre el reino del este, sus aliados del norte están debilitados y éste es el mejor momento para atacarlos y conseguir una gloriosa y definitiva victoria. Deseo que examines los astros y me digas qué es lo que hay escrito en ellos.

         ―Mi rey y Señor Milgar, ahora mismo voy a escrutar las estrellas en busca de la respuesta a la cuestión que me habéis planteado ―mientras decía esto, el joven astrólogo salió al balcón de su gabinete y tras unos minutos de observación del cielo volvió a entrar en la habitación, tomó unos utensilios y realizó una serie de rituales, teniendo muy en cuenta en todo momento lo que su padre le había enseñado y lo que le había dicho en su lecho de muerte―. Señor, en los astros he visto que todo irá según lo deseado por su Majestad.

         Con estas palabras despidió Shamaendi al rey Milgar, que al día siguiente partió hacia la nueva batalla. Ocurrió que una semana después el rey sufrió una desastrosa derrota. Enfurecido con el joven astrólogo, y de regreso a Palacio, mandó llamar a un siniestro verdugo conocido como Lillu ―nombre que en la lengua de este reino significaba demonio, muy adecuado por la labor que desempeñaba―. Cuando Lillu estuvo ante Milgar, el rey le dijo: «el nuevo Astrólogo Real está en su gabinete. Voy a reunirme con él y presta mucha atención a las palabras con las que me despida de su presencia. Si  digo: “la oscuridad se cierne sobre mi reino”, le quitarás la vida de inmediato. Si, en cambio, digo: “Quedad en paz”, no le causarás el menor daño».

         Después de estas indicaciones, el rey entró en el gabinete donde estaba el astrólogo y le dijo con una sonrisa macabra: «¡Saludos mi joven consejero! Dado que sois tan hábil en interpretar el futuro, ¿podéis predecir en qué fecha ocurrirá vuestra muerte?» Shamaendi le respondió de manera inmediata: «Respetado Señor, las artes que manejo no me permiten precisar esa fecha con tanta exactitud. Sólo me han permitido conocer que moriré cinco días antes que su gran Majestad».

            El rey quedo desconcertado, pero esta astuta respuesta fue la salvación del muchacho. Al despedirse del astrólogo, el rey gritó alto y claro: «¡Quedad en paz! ¡Quedad en paz!», no fuera a ocurrir que el verdugo no lo oyese bien.

            Desde aquel día Shamaendi contó con el respeto del rey, y con el aprecio y consideración de todo el reino. Pero, en sus ratos libres, cuando nadie le pedía consejo, en la soledad y secreto de su gabinete, se dedicaba al estudio de lo que más le gustaba en la vida... la Astronomía. Y así lo hizo hasta los últimos días de su existencia.



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