Desde siempre los hombres han
mirado a las estrellas en busca de un significado y de un destino escrito para
sus vidas. La historia que les voy a contar es un relato que va más allá de esa
simple búsqueda, que transciende las antiguas creencias astrológicas para
iniciar la búsqueda del verdadero significado de los astros que habitan en el
firmamento. Es la historia de un joven muchacho llamado Shamaendi, que vivió
hace mucho tiempo en un lejano reino de oriente.
En la antigüedad era una práctica habitual
de los reyes pedir consejo al Astrólogo Real para poder tomar las decisiones
adecuadas en lo concerniente a los asuntos personales y a las muchas cuestiones
del reino. El rey de nuestra historia, conocido como Milgar «el Guerrero» ―apodado
así por su excesiva dedicación a hacer la guerra con los reinos vecinos―, tenía
por astrólogo al anciano Mashu.
Mashu había sabido aconsejar sabia y astutamente al rey Milgar desde que
accedió al trono, ganándose el aprecio y el respeto de éste. Todos los
conocimientos que Mashu poseía se los debía a su padre, que antes que él había
sido el Astrólogo Real. Y, a su vez, el padre de Mashu los había adquirido de
su padre, en una tradición que se remontaba de padres a hijos muy atrás en el
tiempo. Por esta razón, Mashu, dedicaba grandes esfuerzos en enseñar a su único
hijo, Shamaendi, todos los secretos de la astrología, sus contenidos, prácticas
y rituales; sabedor de que algún día heredaría el puesto de Astrólogo Real.
Pero el joven Shamaendi no creía que en los astros estuviera escrito el destino
de las personas, creía en la libertad; no creía que en el firmamento estuvieran
determinados el amor y el odio, creía que esos sentimientos nacían dentro de
uno mismo; no creía que el auge y caída de los reinos se pudieran predecir
observando las luminarias, pensaba que eso dependía de la sabiduría y buen
hacer de los gobernantes. Todas estas ideas disgustaban a su padre.
Pasaba el tiempo y Shamaendi no prestaba atención a las lecciones de
astrología que le dedicaba Mashu, no se interesaba por la adivinación, no
preguntaba sobre sus tradiciones o secretos. Sus preguntas versaban siempre
sobre el verdadero origen de las estrellas, sobre el movimiento de los astros,
sobre cómo calcular las distancias que nos separan de ellos. Mashu era incapaz
de contestar estas preguntas y lo único que respondía a su hijo era que se
centrara en el futuro, en llegar a ser un buen Astrólogo Real. Aunque Shamaendi
estaba siendo educado como un astrólogo, en su interior latía un astrónomo.
Cuando Shamaendi cumplió veinte años sucedió que el rey Milgar marchó
hacia el este con su ejercito, más allá de las montañas que limitaban el reino,
con la finalidad de hacer la guerra para
adquirir fama, riqueza y respeto. Antes de partir, Milgar «el Guerrero», había
pedido al Astrólogo Real que predijera el resultado de la contienda, a lo que
el padre de Shamaendi había respondido: “Veo en el firmamento augurios de una
gran victoria para tu ejército. Aunque la guerra durará varios meses, saldrás
victorioso.” Estas palabras del anciano Mashu fueron un gran estímulo para el
rey que, junto con su naturaleza belicosa, marchó a la guerra con decisión
renovada y gran entusiasmo. Apenas transcurrido un mes de la partida del rey,
el anciano astrólogo enfermó gravemente.
Mashu, que sabía que el momento de dejar
este mundo se aproximaba, hizo llamar a su hijo, al que de niño llamaba
cariñosamente Shama. Cuando Shamaendi estuvo ante la presencia de su padre, el
anciano se volvió hacia él con la voluntad de hablarle.
―Shama, hijo mío ―le dijo con voz
enferma―. He intentado durante los últimos años enseñarte el dominio de la
astrología, con la única finalidad de que puedas desempeñar correctamente el
cargo que pronto heredarás. El trabajo de Astrólogo Real nos ha permitido vivir
cómodamente en Palacio, rodeado de personas importantes que nos han aceptado y
respetado. Nos ha permitido tener una vida mejor que la mayoría de la gente que
habita en este reino. Pero, tú siempre te has revelado contra mis enseñanzas;
siempre antepusiste el estudio de los números al estudio de las artes
adivinatorias; siempre negaste la posibilidad de predecir el destino usando los
astros, argumentando que éstos obedecen
unas leyes que nada tienen que ver con la magia; siempre quisiste construir
aparatos para estudiar mejor las estrellas, dejando de lado los utensilios y
herramientas propios de nuestro oficio; siempre...
―Querido padre ―le interrumpió
Shamaendi―. Nada de lo que he hecho, lo he hecho para disgustarte o causarte
daño. Tú sabes que mis deseos se centraron siempre en entender la realidad de
lo que hay en el cielo. Siempre he querido comprender el movimiento de los
astros, por qué brillan las estrellas, por qué aparecen los cometas, por qué el
Sol es tapado algunas veces por la Luna, por qué... ―hizo una pausa, para mirar
a su moribundo padre―. En la astrología que me has enseñado no he encontrado
ninguna respuesta a estas cosas. Tú sólo me hablabas de cómo hacer extraños
dibujos y predicciones.
―Shama, mi joven hijo, la lección
más importante que tenía que darte, aún no te la he dado ―al decir esto, los
ojos de Mashu se posaron en los de Shamaendi con una fuerza como jamás había
visto―. ¡Todo lo que dices es cierto! Nada hay de mágico ni de adivinatorio en
la astrología. Presta mucha atención a lo que voy a decirte, porque ésta es la
última lección que quería darte, la que reservaba para el final de tu
formación, por lo que siento mucho dártela en estas circunstancias.
El joven muchacho estaba a punto de escuchar unas palabras que no
olvidaría el resto de su vida.
―Desde que soy astrólogo he
aconsejado a ricos y pobres, a grandes y pequeños. Ni el mismísimo Milgar es
tan valeroso como para emprender algo sin antes consultarme ―Shamaendi
escuchaba atentamente a su padre―. En todos mis años no he encontrado en las estrellas nada que me mostrará a
ciencia cierta qué era lo que iba a suceder o lo que debía decir cuando alguien
venía a consultarme. Todo tenía que obtenerlo de mi intuición y de mi astucia,
dependiendo de la persona que tuviera en frente en cada momento. Aprende bien
esto, hijo mío. Cuando venga un ministro a pedirte consejo, dile que has visto
en las estrellas lo que juzgues mejor para nuestro pueblo. Cuando venga una
enamorada, dile que las estrellas la recompensarán con un amor mayor. Cuando un
rico venga a pedirte consejo sobre sus negocios, dile que su fortuna se
multiplicará, y no olvides poner buen precio a esos consejos, porque lo pagará.
Cuando un pobre venga a consultarte sobre sus muchos problemas, anímale y dale
los consejos más sabios que tengas, y cuídate de pedirle dinero a cambio, pues
ya tiene bastante con su pobreza. Cuando un rey venga demandando augurios sobre
una guerra que ya ha decidido iniciar, dile que los astros anuncian que saldrá
vencedor, puesto que esto es lo que quiere oír y contrariar a un rey puede
costarte la vida. Y por último, hijo mío, si tu pasión es el estudio verdadero
de las estrellas, hazlo y no te reprimas, porque en ti he encontrado una
tenacidad y una inteligencia como no he visto en ninguna persona de este reino.
Pero procura aparentar siempre que eres un Astrólogo Real comprometido y
diligente.
Cuando el anciano terminó de hablar, los ojos de Shamaendi estaban
llenos de lágrimas y su corazón turbado. Dejó a su padre descansando en la
cama, pues ya hacía rato que había caído la noche, y se fue a su dormitorio a
intentar organizar todo aquello en su mente. El frescor de la mañana no había
anunciado aún la llegada del nuevo día cuando el muchacho recibió la noticia de
la muerte de su padre.
No hacía ni tres meses que Shamaendi era el nuevo Astrólogo Real, cuando
el rey Milgar regresó de la guerra que había librado más allá de las montañas
del este. El rey entró aclamado y victorioso en la ciudad, dado que había
salido triunfante de su campaña militar, tal y como el viejo astrólogo le había
dicho. Milgar entró en Palacio y subió las escaleras que llevaban al gabinete
del astrólogo, con la intención de felicitar a su viejo consejero y pedirle un
nuevo augurio. Al entrar en la habitación no vio al viejo Mashu, pero sí a su
joven hijo que ahora era el nuevo Astrólogo Real. Shamaendi informó al rey de
la reciente muerte de su padre y lamentó que no se lo hubieran comunicado. El
rey se mostró un tanto desconcertado y contrariado.
―Joven muchacho, puesto que ahora
eres mi astrólogo, debes saber que en todos los años que tu padre estuvo a mi
servicio, siempre respondió a mis encargos, siendo sus consejos muy
beneficiosos y favorables ―Shamaendi asintió y Milgar continuó hablando―. He
luchado en varias guerras y los astros han demostrado que están de mi lado. He
ampliado mis dominios y he conseguido fama y riqueza para mi reino. Regreso
tras conseguir una victoria y mi mente y mi corazón ya están ansiosos por
librar una nueva batalla. Tras el triunfo conseguido sobre el reino del este,
sus aliados del norte están debilitados y éste es el mejor momento para
atacarlos y conseguir una gloriosa y definitiva victoria. Deseo que examines
los astros y me digas qué es lo que hay escrito en ellos.
―Mi rey y Señor Milgar, ahora
mismo voy a escrutar las estrellas en busca de la respuesta a la cuestión que
me habéis planteado ―mientras decía esto, el joven astrólogo salió al balcón de
su gabinete y tras unos minutos de observación del cielo volvió a entrar en la
habitación, tomó unos utensilios y realizó una serie de rituales, teniendo muy
en cuenta en todo momento lo que su padre le había enseñado y lo que le había
dicho en su lecho de muerte―. Señor, en los astros he visto que todo irá según
lo deseado por su Majestad.
Con estas palabras despidió Shamaendi al rey Milgar, que al día
siguiente partió hacia la nueva batalla. Ocurrió que una semana después el rey
sufrió una desastrosa derrota. Enfurecido con el joven astrólogo, y de regreso
a Palacio, mandó llamar a un siniestro verdugo conocido como Lillu ―nombre que
en la lengua de este reino significaba demonio, muy adecuado por la labor que
desempeñaba―. Cuando Lillu estuvo ante Milgar, el rey le dijo: «el nuevo
Astrólogo Real está en su gabinete. Voy a reunirme con él y presta mucha
atención a las palabras con las que me despida de su presencia. Si digo: “la oscuridad se cierne sobre mi
reino”, le quitarás la vida de inmediato. Si, en cambio, digo: “Quedad en paz”,
no le causarás el menor daño».
Después de estas indicaciones, el rey entró en el gabinete donde estaba
el astrólogo y le dijo con una sonrisa macabra: «¡Saludos mi joven consejero!
Dado que sois tan hábil en interpretar el futuro, ¿podéis predecir en qué fecha
ocurrirá vuestra muerte?» Shamaendi le respondió de manera inmediata:
«Respetado Señor, las artes que manejo no me permiten precisar esa fecha con
tanta exactitud. Sólo me han permitido conocer que moriré cinco días antes que
su gran Majestad».
El rey quedo desconcertado, pero esta astuta
respuesta fue la salvación del muchacho. Al despedirse del astrólogo, el rey
gritó alto y claro: «¡Quedad en paz! ¡Quedad en paz!», no fuera a ocurrir que
el verdugo no lo oyese bien.
Desde aquel día Shamaendi contó con el respeto del rey, y con el aprecio
y consideración de todo el reino. Pero, en sus ratos libres, cuando nadie le
pedía consejo, en la soledad y secreto de su gabinete, se dedicaba al estudio
de lo que más le gustaba en la vida... la Astronomía. Y así lo hizo hasta los
últimos días de su existencia.