ECLIPSE... LA NOCHE EN EL DÍA

Mª Ángel del Castillo Alarcos




Cuando la Luna, protagonista de la noche ciega los rayos del Sol, las gentes que lo contemplan no enmudecen, porque la euforia excita a un griterío inevitable... al contemplar, el más hermoso espectáculo, que jamás ha visto hombre consciente.

Durante un eclipse, se observa la corona del astro doblar su arco y las protuberancias emerger con tonos encendidos, tras un disco ennegrecido por la sombra lunar.

Quién vislumbra un eclipse, queda inevitablemente, seducido de armonía y equilibrio. 

Al comenzar la penumbra, las aves se aturden para volver a anidar, cuando apenas hace unas horas, que se habían levantado en vuelo y en la oscuridad los lobos, aúllan a la Luna nueva, que deja ver las estrellas en la claridad del día. Las flores se cierran, los girasoles caen y en nuestros cuerpos, la temperatura recorre un escalofrío entre la piel.

¡La corona... la corona!,  gritan al unísono las voces del gentío y es  ahí cuando el Sol, deja patente su grandeza, su poderío y su magnificencia. Es el  resplandor cromosférico que solo, cuando él y la Luna se encuentran, nuestro débil ojo humano, puede contemplar.

Antes de regresar la luz, ofrece la imagen su mejor ofrenda. El compromiso enamorado de un anillo de diamantes. Una perla de destello cuyo brillo, mató,  la noche en el día. Es el relieve lunar, es el rayo del Sol, es inevitablemente, sus limbos entrecruzados.

Los pájaros, remontan el vuelo... las flores, abren sus pétalos... y el día, regresa de nuevo cotidiano.

La noche fue breve pero suficiente, para llenar  nuestras sensaciones para siempre...  de eternidad.

 



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