Sujete mi bocata de jamón con
aceite y tomate que me había preparado mi madre y corrí hacia la puerta de
nuestra casa en del pueblo. En la calle mi abuelo me para ir a ver las
estrellas. Vestía su habitual boina e iba apoyado en un bastón para ayudar a
las piernas. Paseamos un poco por un camino que nos alejaba del pueblo, mi
abuelo iba alumbrando con una antigua lámpara de aceite y un mudo silencio
había entre los dos mientras caminábamos. Ruidos del campo nos rodeaban por
todas partes, por un lado un búho, por el otro pequeños roedores corrían entre
las hierbas y entre los trigales los grillos seguían con su incesante llamada.
Pero a pesar de todo eso solo una cosa era la que nos hacia estar callados, un
cielo esplendido lleno de estrellas. Me arrope bien en mi abrigo pues el frío
del otoño empezaba a notarse y me junte más a mi abuelo.
- Sentémonos un
poco - dijo mi abuelo nada más llegar al borde del cerro.
Juntos observamos las estrellas, no
las estuvimos viendo una a uno sino la armonía que había entre ellas y las
formas que a nosotros y solo nosotros nos parecían, como cuando ves figuras en
las nubes y cada uno ve la que quiere.
- Abuelo ¿Qué
son las estrellas?
- Son soles como
el nuestro o más grandes que están por toda la galaxia
- ¿Y que es la
galaxia? ¿Quien puso las estrellas ahí? -pregunte yo en un alarde de curiosidad.
- Preguntas
demasiado, que más nos da ahora quien las puso, tú disfruta de su imagen, de su
brillo, de su hermosura.
El tiempo paso y yo me hice mas
mayor, la astronomía dejo de interesarme como tal, pues quien se preocupa de
mirar al cielo cuando tiene que mantener una casa, un coche, unos hijos, etc.
Además en la ciudad no hay cielo, los edificios no te dejan verlo y aunque te
dejaran no verías nada.
Un día leyendo una revista del
colegio de mi hijo leí una artículo de unos cuantos chavales del colegio que habían
echo un reportaje sobre los misteriosos agujeros negros. Volví a engancharme a los
placeres del cielo, me compre un telescopio, unos prismáticos, una cámara de
fotos, y un montón de guías celestes. Salí otra vez al campo a disfrutar de las
estrellas pero me di cuenta que ya no sentía la ilusión que tenia de pequeño
por ellas.
Un día en el cual el frío del otoño
se empezaba a notarse me lleve a mi hijo pequeño a ver las estrellas, empecé a
montar el telescopio y a sacar los mapas celestes para buscar tal y cual
estrella, mientras mi pequeño esperaba a mi lado.
- Papa ¿Qué son
las estrellas? - pregunto de repente mi hijo mientras miraba hacía el cielo.
Me
di la vuelta y descubrí en el la misma expresión que tenía yo cuando con 7 años
mi abuelo me saco al campo. Me di cuenta que lo importante no era tener el
mejor telescopio para ver mejor una galaxia o un planeta o saber el que mas de
astronomía. Descubrí de nuevo que lo bonito de la astronomía era poder sentarse
al lado de alguien querido mientras
observásemos la imagen, el brillo y la hermosura de las estrellas.