AQUELLA NOCHE
Jorge Díaz Lanchas
No se podía
dormir. Los nervios le invadían cada vez que giraba su cuerpo con la intención
de conciliar el sueño. Sólo el mero hecho de pensar en el día que le esperaba a
la mañana siguiente le forzaba a querer dormirse lo antes posible, pero era en
vano. Se levantaba al baño, iba a la cocina, leía sus revistas favoritas…aunque de nada le
servían.
Sabía que se
lo jugaba todo, el trabajo de toda su vida. El principal problema es que ello
no dependía de él, sino de todos aquellos que le estarían escuchando.
Había repasado
lo que tenía que exponer una y otra vez. Los días de antes revisó todos los
cálculos, ninguno fallaba. Sin embargo, no estaba seguro de que sus ideas
fuesen a ser aceptadas.
Sus compañeros
del observatorio le habían empujado a que demostrase ante el público la tesis
que durante años había estado manejando y que tantos esfuerzos le había
dedicado. Para ellos todo resultaba perfecto, sus ideas se sustentaban bajo
fuertes premisas que habían sido corroboradas tras múltiples experimentos y
demostraciones, por lo que nada podía fallar.
El problema era que ese público estaba formado por las grandes mentes
llegadas de las más prestigiosas universidades y observatorios del mundo.
Su mayor miedo
era, ya no sólo el ridículo que pudiese hacer o la desaprobación de sus
conclusiones, sino la decepción que ello provocaría entre todas aquellas
personas que durante largo tiempo habían confiado en él.
Para poder
estar tranquilo los días próximos a la conferencia, él y toda su familia se
habían desplazado a la antigua casa de su abuela en un pueblecillo de la
provincia salmantina.
El polvo lo
cubría todo. Encendió la luz y pudo ver multitud de objetos de los cuáles ya ni
se acordaba. De niño siempre solía venir aquí a jugar. Su gran imaginación
infantil le permitía inventarse historias acerca de extraterrestres, viajes
espaciales y descubrimientos de planetas. Tenía multitud de juguetes y maquetas
sobre cohetes, astronautas y planetas, además el desván lo utilizaba como lugar
donde guardar todo aquello que encontraba en el periódico y en las revistas
relacionado con el espacio.
La madera del
suelo rechinaba a cada paso que daba. Todos aquellos enseres le traían a la
memoria buenos momentos, sin embargo, hubo uno que le llamó la atención entre
todos ellos. Se acercó a él y levanto la sábana blanca que lo cubría. En el fondo
sabía que se iba a encontrar, aunque el asombro no era ni mucho menos que inesperado.
Bajo la tenue
luz y de entre el amasijo de cosas viejas e inservibles, observó impoluto el
telescopio que su abuelo le había regalado por su doce cumpleaños pocos meses antes de morir éste.
Un frío
extraño le recorrió todo su cuerpo en cuestión de instantes. Durante años ése
había sido su más preciado bien. Con él había descubierto cosas que muchos
niños de su edad ni siquiera imaginaban. Junto a su telescopio había recorrido
cada punto del firmamento aunque para ello tuviese que aguantar fuertes
heladas, constantes madrugones e incluso algunos enfados de su madre.
Lo empezó a
curiosear y cuál no sería su sorpresa al ver que todas las manecillas del viejo
instrumento se encontraban en perfectas condiciones. Además, todavía conservaba
el juego de lentes por el que tanto había ahorrado de pequeño para poder
comprárselo.
El telescopio era realmente bueno y potente
para la época en la que lo había comprado su abuelo. Mientras lo miraba, se le ocurrió la genial
idea de salir a la calle con él. Bajó a la habitación, se puso una bata,
recogió todo el instrumental y salió sin hacer ruido al prado que estaba justo
detrás de la casa.
Sentía una
fuerte emoción debido a todos los recuerdos que esa situación le traía. Todos
estos años en el observatorio le habían hecho olvidar la sensación que tenía de
pequeño cada vez que iba al pueblo con la única intención de pasarse las noches
en vela acompañado de su gran “amigo”. Es
cierto que, con los grandes artefactos que estaba acostumbrado a utilizar,
había podido observar fenómenos y cuerpos estelares mucho más impactantes y
sorprendentes de los que observaría en su momento con su viejo telescopio, sin
embargo, todas esas veces no había sentido ese gusanillo que le picaba cada vez
que, tras largas horas de observación, acababa viendo alguna maravilla del
universo.
En su
observatorio, era un ordenador el que le iba guiando por el cielo tras introducirle una serie de
coordenadas, pero ahora no era la misma situación, pues aquí todo dependía de
su ojo y, sobretodo, de su paciencia. Así mismo, el hecho de que conociese la
colocación de ciertos astros no le servía de nada, ya que este telescopio no le
llevaría hasta dónde desease, sino que, gracias a un buscador incorporado y a
dos manecillas, tendría que ir rastreando palmo por palmo todas las áreas en
las que creyese que vería algo.
Para un
astrónomo como él aquello no resultaba difícil, aunque bien es cierto que había
perdido un poco de práctica. El cielo le permitía distinguir con claridad las
constelaciones por las cuáles se guiaría. Así mismo, sabía qué astros eran
visibles en aquella época del año, por lo que se puso manos a la obra.
Como todo buen
principiante en la observación del cielo, colocó el telescopio orientado hacia
el norte según le indicaba la Estrella Polar, y a partir de ahí empezó a
recorrer el firmamento. Distinguió a simple vista las estrellas más brillantes
y alguna nebulosa, pero lo que más le llamó la atención fueron dos puntos muy
luminosos. Él ya sabía de qué se trataban, pero aún así dirigió su telescopio
hacia allí.
Con la misma
perfección con la que ves letras con una lupa, pudo observar a los planetas gigantes,
Saturno y Júpiter. En sus investigaciones y mientras estudiaba en la
universidad, tuvo que seguir muy de cerca el transcurso de estos cuerpos
celestes, por lo que estaba muy acostumbrado a verlos. Pero esta vez era
diferente.
El mero hecho
de estar bajo el cielo estrellado, sentado en su banqueta favorita y con su
querido telescopio, le hizo sentir la misma sensación que cuando los vio por
primera vez. Por aquél entonces siempre había oído hablar sobre los dos
“gigantes” del Sistema Solar, pero nunca los había visto, excepto en una libro
del colegio. Cuando los consiguió coger con su lente, la sorpresa y el júbilo fueron tal que llamó a sus padres
corriendo para que los fuesen a ver y a partir de esa noche siempre los
llamaría “mis dos gigantes”.
Se dio cuenta
de que con tantos recuerdos, no le había dado ni tiempo de pensar en el día que
le esperaba cuando se tuviera que levantar, de hecho ya no tenía esos nervios
que durante tanto tiempo le habían estado comiendo por dentro. Sólo sentía una
fuerte emoción que le incitaba a seguir mirando por su telescopio, igual que
cuándo era niño, aunque esta vez no le estaría su madre queriéndole despertar a
la mañana siguiente, sino que le esperarían una multitud de personas ansiosas
por oír qué era lo que les quería contar, es decir, le esperaba la meta a todo
aquello por lo que había estado trabajando durante años.
Así, y
mientras el cansancio le empezaba invadir, fue recogiendo su telescopio no sin
antes darle aquél abrazo que le daba cada vez que descubría algo nuevo, porque
esta vez se había sentido descubridor, pues había encontrado de nuevo aquella
sensación que tenía de niño cuando quería convertirse en astrónomo y de la cuál
se había olvidado durante todos estos años.