ALLÍ ESTABA YO
Pedro García Montón Pérez
Allí estaba
yo, como todas las noches que la complicada vida de Madrid me permitía
escaparme. Intentando evadirme de todos los problemas subí a la terraza de mi
bloque.
La imagen no
había cambiado, las sabanas de la vecina, unas macetas que nadie regaba y mi
hueco preferido, junto a la esquina que daba al patio de manzana, cobijado tras
el cuarto de maquinas del ascensor, tratando de minimizar la luz, instale mi
telecopio.
Era un
refractor común, no es que fuera gran cosa pero con él podía marcharme, era un
viaje astral, un viaje de Madrid al cielo. Esa noche hacia frío, era noviembre,
no se podía esperar otra cosa, pero a cambio, la ciudad me regalo un cielo
despejado desde el que a simple vista se disfrutaba un poco mas de lo habitual.
En menos de diez
minutos ya tenía montado el teles, listo para mi paseo espacial, para un solo
pasajero. Me acercaba al ocular y tras buscar la Luna y enfocarla empezaba a
notar la sensación que experimentaba la luz cuando un agujero negro se la
tragaba… al principio era como un pequeño remolino pero de pronto notaba como
me aspiraba y me propulsaba a través del tubo lanzándome hacia el espacio a una
velocidad que nadie podía soñar. No dejaba de sorprenderme ese momento en el
que atravesaba la Barlow y la velocidad se duplicaba y en unos instantes, una
noche más, estaba en mi sitio favorito, aquel lugar donde nadie llegaba desde
hace mucho tiempo, aquel sitio que si fuera 21 de julio de 1969 y hubiera
estado en el sitio adecuado, habría salido en la foto con Neil Armstrong y
nuestras huellas caminarían en paralelo.
La sensación
de poca gravedad era fascinante, todo ocurría a cámara lenta, lo mismo que
aquellos videos que todos vimos, saltar era indescriptible, tanto como la de
soledad, aquella que transmiten los lugares abandonados, pero en lugar de
transmitir melancolía más bien era tranquilidad.
Lo que hace a
la Luna grande, es que estando en ella te das cuenta de que estas en el
espacio, esa sensación de infinito no la tienes en la Tierra, el cielo es
negro, mirarlo fascina y ahoga… me quedaría ahí para siempre.
Resultaba
curioso ver aquel paisaje en blanco y negro, digamos que era lo mismo que ví por
la tele cuando el hombre piso la Luna, y la limitación no era la tele, que no
fuese en color, sino que La Luna es así, no se echan de menos los colores,
perdería todo su encanto.
De pronto,
mientras observaba el infinito, en cuestión de segundos el proceso se invirtió
y note como volvía, a la velocidad de la luz, hacia el tubo de mi telescopio,
sin saber por qué, era algo que no podía comprender, ¿qué había pasado?
De pie, en la
azotea, retiré el ojo del ocular, me di un pequeño masaje en los ojos para
relajarlos, levanté la vista y allí estaba, aquella nube se había interpuesto
en mi camino, recogí el telescopio lo más rápido que pude y volví a casa, me
asome por la ventana y entre la lluvia pude ver un mundo de color, donde lo más
parecido al gris de la Luna era la nube que terminó con mi paseo, y una noche
más, allí estaba yo.
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