Hace algunos años me conmovió profundamente una lectura de
Stephen Hawking con el título: ¿Juega Dios a los dados?. Esta lectura hacía
referencia a una frase muy famosa de Einstein que tras conocer una de las consecuencias
más importantes de la Mecánica Cuántica, -en cuya teoría curiosamente colaboro
de manera muy importante- se quejó diciendo: "¡Dios no juega a los
dados!"
Einstein manifestaba así que no podía admitir lo que
mostraba la nueva Mecánica Cuántica: que a escalas muy pequeñas de átomos o
subpartículas, la posición y la velocidad de las partícula no están totalmente
definidas. Es difícil imaginar esta propiedad de la materia, pero es algo así
como si las partículas se vieran borrosas, porque no están en un sitio concreto
sino que solamente tienen una cierta probabilidad de encontrarse en un cierto
punto y en consecuencia pueden comportarse (en cierto grado) de una o otra
manera de forma aparentemente aleatoria.
Pero además, esta propiedad de la materia del mundo
microscópico es extrapolable a nuestro mundo macroscópico con unas
implicaciones filosóficas inmensas, que cambiaron radicalmente la visión
científica y filosófica que se tenía del Universo, desde el renacimiento hasta
bien entrado el siglo XX.
Según la antigua visión de las cosas, el Universo era
totalmente determinista. Es decir, al igual que ocurre con las previsiones
superprecisas que se hacen fácilmente de los fenómenos astronómicos, como los
eclipses, la posición de los astros, etc, se creía que todos los fenómenos que
se dan en la naturaleza se podrían prever con la misma extraordinaria
precisión, siempre que tuviéramos los medios necesarios, que son:
1º las posiciones,
velocidades y características de todas las partículas del Universo;
2º unas las leyes
físicas perfectamente refinadas y
3º un
superordenador que gestionara toda esta información.
Esto implicaba que en teoría, con estos tres medios, podría
conocerse el estado del Universo en cualquier momento de su historia, es decir,
podría conocerse el pasado y predecirse el futuro con una exactitud absoluta.
Y lo que es más importante, la libertad que tiene el hombre
sería solamente ilusoria, ya que en realidad todas sus decisiones –igual que
ocurre con el resto de fenómenos naturales- serían fruto exclusivamente de las
reacciones físicas y químicas que se dan en el cerebro siguiendo unas leyes de
la física perfectamente definidas. Con lo cual, la sensación de libertad no
sería nada más que aparente y nuestro destino junto con el destino del Universo
estaría ya predeterminado sin posibilidad alguna de poderlo modificar.
Sin embargo, la Mecánica Cuántica acababa de demostrar que
los fenómenos físicos que se dan en la naturaleza no pueden estar totalmente
determinados. En física esta propiedad se conoce como el Principio de
Incertidumbre de Heisenberg y mostró lo que Einstein al principio se negaba a
admitir, pero que ha resultado coincidir con la realidad: el futuro del
Universo no esta determinado porque las partículas no tienen unas características
totalmente definidas, sino que tienen una cierta "libertad" que hace
que puedan evolucionar de una manera u otra, con una relativa autonomía
respecto a las leyes de la física clásica. Por esta razón siempre en física
cuántica se habla de probabilidades (de posiciones, de densidades e incluso de
probabilidad de existencia) y que Einstein resumió de forma tan clara en su
famosa queja.
Por tanto, se podría decir que Dios se guarda un as en la
manga para poder actuar en la realidad sin tener que saltarse las leyes de la
física. Y lo que es incluso mas trascendental para nosotros: ¡la ciencia nos ha
mostrado sin posibilidad de error, que la libertad del hombre y su destino
quedan salvaguardados de las leyes de la física!, que no pueden encajonar a
nuestra alma a decidir, porque una característica fundamental de la materia (y
la energía) es que no está absolutamente definida, sino que posee un pequeño y
maravilloso grado de libertad.