IZAR

José Jesús García Rueda



 Tras casi una hora observando las inmediaciones de Izar, se convenció de que distinguir la auténtica naturaleza de “la más hermosa” no iba a ser fácil. La niña golpeó con los prismáticos la pared de la terraza. ¿De qué servía llevar el nombre de una estrella si para observarla en toda su hermosura era necesario un telescopio tan potente al menos como el de su padre? “Izar, vete ya a la cama”, dijo una voz de madre desde lo más profundo del cuarto de hotel.

             Su padre no había vuelto de su habitual excusión nocturna a la otra orilla del lago. Seguro que aún estaba junto al agua azabache de esta noche sin luna, buscando estrellas. Quizá debería haberle pedido que la llevase con él, como el día antes, y que se hubiese pasado de nuevo las horas contándole como el “Guardián del Oso” había conseguido mantener el Cosmos en movimiento al atar, con ayuda de sus perros, a las dos fieras a su carro. “Y junto a él está el hermoso velo de Izar, ¿lo ves?”.

             Había salido a la terraza para que la dejasen sola. “Izar, entra ya cariño, ¿aún sigues enfadada?”. Quería a sus padres pendientes de su enfado. Debían darse cuenta de que no era justo lo que estaban haciéndole, y habían de sufrir por la pena que le provocaban. Otro verano más aquí, en este valle desierto y al norte, muy al norte, perdido de todo. En el mismo hotel de siempre: durante sus doce años de vida, no recordaba haber pasado las vacaciones en otro lugar. Y hasta hoy había sido divertido, con todo ese espacio para juegos. Pero este verano estaba dispuesta a odiarlo. Su amiga Tania la había invitado a irse con ella a su apartamento de la costa. “Sería una pasada, Izar. Nos iríamos de noche las dos solas, ahora que somos mayores. ¡Y seguro que conocemos algún chico guapísimo!”. Pero la madre de Izar había dicho que aún era muy cría para irse a pasar el verano sola, y el padre de Izar la había abrazado muy fuerte y le había regalado unos potentes prismáticos, “Toma, Bellísima, así este año podrás venir a observar el cielo conmigo”.

             ¡Nunca! Si su padre quería observar el cielo, tendría que hacerlo sin ella. La noche antes, después de una iterminablemente aburrida jornada sola, cuando quiso darse cuenta ya acompañaba a su padre en el coche. Pero hoy no. Era el segundo día de unas largas vacaciones de resistencia.

             Más tarde, ya envuelta en las sábanas, la ira se deshizo y el rostro se le transformó en un puchero lleno de hipidos y lágrimas. ¡Si al menos hubiese podido ver bien su estrella!

             Cuando su padre estuvo de regreso se sentó al borde de su cama, le acarició el pelo y la arropó. Izar, dormida, le respondió con un beso de buenas noches.

 
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          Frente a su desayuno, en el silencioso restaurante del hotel, su pensamiento se angustiaba ante la perspectiva de una nueva jornada de silencio y obstinación. “Cariño, bébete ya la leche…”. Izar se cruzó de brazos. No iba a beberse la leche.

             Fingiendo reconcentrarse en su indignación, se puso a escuchar de reojo el diálogo de sus padres, que despotricaban de la nueva dirección del hotel. “Parece que las nuevas propietarias se han propuesto convertir esto en un retiro para la tercera edad. Que vale que el hotel está aislado, que el entorno es tranquilo, pero aún así aquí la gente viene a divertirse, caramba. Ayer me dijeron que este año no van a organizarse actividades acuáticas en el lago, y por todas partes hay carteles prohibiendo que los niños jueguen a casi todo. ¡Por favor!”. Las “nuevas propietarias” debían de ser aquellas dos viejas enseñoreadas y gordas que con expresión bobalicona no perdían detalle de la correcta sincronización de todo el personal. Una altísima y la otra un retaco, Izar apostaría a que eran hermanas, aunque sólo fuese por su similar abundancia de bigote.

             Muriéndose de hambre y de perspectiva de aburrimiento, Izar las observó con ojos deprimidos, como si de las dos mujeres dependiera que el Universo terminase de detenerse.

          Entonces fue cuando frente a su mesa pasaron los dos ojos que la miraron. A ella, a la niña perdida en el rincón más invisible de todos los mundos invisibles. Unos ojos del color del cielo nocturno, que compartían sus bellas facciones de hombre con una sonrisa que también la miraba. Dos ojos repletos de un amor tan intenso y dulce, que Izar los siguió buscando con la vista incluso cuando ya le daban la espalda. El hombre y sus dos hermosas acompañantes se sentaron un par de mesas más allá. Era bellísimo, simplemente bellísimo, aun cuando sus amigas del colegio sin duda habrían dicho que era un viejo, pues seguro que aquel hombre de ademanes pulcros y ropa elegante pasaba de los treinta. Izar suspiró. Bellísimo.

          Las dos acompañantes, mucho más jóvenes que él y preciosas como las modelos que salían en las revistas de su madre, no paraban de reírse y de moverse, de agarrarlo de la mano, del brazo… “Astrid, Clara, dejemos desayunar tranquilos a esta gente”, dijo él, cómplice. Entonces ellas rieron aún con más fuerza, llamaron a los camareros y empezaron a hacerles mil preguntas que la niña no quiso escuchar, porque su imaginación sólo estaba pendiente de él. Los camareros negaban con la cabeza, se encogían de hombros, miraban hacia las dueñas… Hasta que el hombre susurró algo al oído de las escandalosas jóvenes y éstas, traviesas, fueron a buscar a las dos propietarias, cuyo rostro lucía ahora una inesperada ferocidad. La conversación entre las cuatro terminó cuando todas se giraron hacia donde estaba el hombre, y éste saludó con un ligero movimiento de cabeza. Un minuto después la megafonía del recinto despertaba con una alegre música y todo comenzaba a girar, como si de un inmenso tiovivo se tratase.

           La niña no podía ni parpadear siquiera: el mago que había traído la música la había mirado. A ella. No la había pillado mientras Izar lo miraba a él. La había encontrado por sí mismo. Y con una única sonrisa, la había llevado muy cerca de él.

 
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         Ese día, mientras sus padres iban repartiendo el tiempo entre las distintas zonas de ocio del hotel, Izar se dedicó a espiar a su prestidigitador. Lo vio organizando un partido de voley en la playa del lago, bromeando con el socorrista, reuniendo un grupo de expedicionarios para ir de excursión por las lomas… Sin perder nunca la elegancia de unos movimientos casi ralentizados, el hombre avanzaba entre la gente como un torbellino de agua de primavera.

           Izar, siempre escondida, siempre mirándolo sin recibir ninguna mirada a cambio, averiguó el número de su cuarto, cuál era su coche, el postre favorito de sus dos amantes, pues muy a su pesar había decidido que aquellas dos alocadas eran sin duda sus amantes, y hasta el libro que estaba leyendo.

           Fue un día incansablemente feliz desde la inmensa distancia, cuyo gran final llegó tras la cena, con el anuncio del concurso de karaoke. Así que aquel era el motivo por el que las dos propietarias no habían parado de correr de un lado para otro, empujadas siempre por Astrid y Clara, que perseguían a las dos señoras como si fuesen a morderles los tobillos. ¡Cúanto disfrutó Izar aquella velada! Rió tanto que le dolían las mandíbulas y el estómago. Incluso deseó subir ella misma al escenario, pero no supo reunir el empuje ni quiso encontrar el momento. Aunque tampoco se lamentaba de su papel de espectadora: su mago, el mago que había sabido mirarla, fue durante todo aquel estallido de fiesta el perfecto maestro de ceremonias. Embelesada mirándolo, ni siquiera se dio cuenta cuando su padre se levantó para acudir a su cita diaria con las estrellas.

          Más tarde, ella misma observaba el cielo con sus prismáticos. Sin mirar en realidad a ninguna parte, tan sólo soñando. Hasta que un mensaje de Tania llegó a su móvil: “hl! Qtal s odioso viaj? Algn chic guap?”. “Sí”. “Y cmo s yama?”. Entonces cayó en la cuenta de que lo había averiguado todo sobre su mago salvo una cosa: el nombre. Fijándose en la brillante estrella que presidía su constelación, la constelación de Izar, escribió: “Arturo”.

          Durante esa misma noche hipnotizada, pensó también que en verdad centenares de años-luz separaban Arcturus de Izar, pero que en el cielo nocturno ambas estrellas parecían increíblemente cerca…

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            A partir de ese momento, cada día transcurrido casi junto a aquella luminosa estrella fue más feliz que el anterior, sobre todo porque sus ganas de mirarlo se iban viendo sustituidas por un deseo cada vez mayor de soñar con él en soledad.

          Hasta que una noche él volvió a mirarla. Tras la cena, la niña salía con sus padres del restaurante cuando al levantar la cabeza sus ojos se cruzaron con aquellos otros ojos, que la observaban por segunda vez. El encuentro tuvo la brevedad del instante: Astrid y Clara arrastraron a Arturo hacia el comedor, tan ruidosas y alegres como siempre.

           Esa noche Izar no descansó: recordaba en sueños aquel día en que su profesora de Lengua les había enseñado a usar los paréntesis…

         A la mañana siguiente ni el mago ni su séquito aparecieron durante el desayuno. ¿Se habrían ido? ¿Su sonrisa nunca más volvería a encender el cielo de Izar? Desesperada, dedicó cada minuto de aquel día a buscarlo: recorrió el aparcamiento varias veces, vigiló el embarcadero y la playa... Se movía frenética, golpeando contra las paredes de la ausencia. Hasta que, ya por la tarde, vio como una pareja de extraños introducía sus maletas nuevas en la habitación que había sido de Arturo y sus dos amantes. Entonces la luz de Izar se apagó.

        Un jornada tras otra la niña huyó del brillo de los días, buscando refugio bajo una toalla inmensa, pesada, que la cubría por completo en el rincón más sombrío e inhóspito del jardín. Allí lloró para siempre, murió para siempre, pensando que los ojos más bellos del mundo nunca más volverían a descubrirla. Sólo la noche evitaba su llanto, mostrándole durante horas el resplandor inigualable de Arcturus. Y así se quedaba dormida bajo ese cielo intacto. Nunca reparó en que eran los brazos de su padre los que la llevaban a la cama.

         Fue mucho el tiempo que pasó cubierto de lágrimas. Tanto que incluso a veces le costaba encontrar en su memoria el rostro del hombre. Y entonces un día las horas en su escondite bajo la toalla comenzaron a parecerle más y más largas, mientras que por la noche, cada vez más a menudo, se descubría con los prismáticos distraídos lejos de Arcturus, vagando a tientas por otras constelaciones: Canes Venatici, la Osa Mayor, la Osa Menor… Hasta que una noche se distrajo tanto que cuando quiso darse cuenta se había olvidado por completo de mirar a Arcturus y sin embargo, sus prismáticos volvían a dirigirse hacia la estrella a la que la niña debía su nombre.

        La Pulcherrima… De nuevo sentía el deseo de contemplar por sí misma toda la belleza naranja y azul de la hermosa estrella doble. Pero, a diferencia de antes, no había apremio en su deseo, ni angustia. Era una esperanza tibia la que la empujaba a buscar los secretos de su astro. Una convicción principiante le decía que esa belleza siempre iba a estar allí, esperando a que ella retirase el velo. Sólo tenía que seguirla buscando.

        Un par de días después, Izar se plantó delante de su padre, “Papá, si de veras quieres que vaya a observar las estrellas contigo, unos prismáticos ya no son suficientes. Necesito un telescopio”.

        El verano siguiente Izar lo pasó en el pueblo materno, sola con sus tíos y primos. Por supuesto, invitó a Tania a que la acompañase.



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